LAS INVERSIONES en justicia para el próximo año en Canarias no llegarán a las previsiones iniciales. Serán abiertos menos juzgados de los que se pretendían poner en funcionamiento, con lo que es muy probable que se prolongue el caos en esta administración.
En realidad, a nadie le interesa reformar la justicia, que es siempre la hermana pobre del Estado. Las sedes judiciales parecen cutres, los funcionarios no son, en general, amables y hay sentencias sobre un mismo tema dispares, como si juzgar algo en Murcia fuera distinto que hacerlo en Arrecife. No se aclaran. Por otra parte, los jueces estrella han convertido a la justicia en un firmamento rutilante de lucimientos personales, en detrimento de la sagrada obligación de los jueces, que es dar a cada uno lo suyo, sin aspirar la recompensa de la fama. El buen juez siente, al dictar sentencia, una íntima satisfacción de haber sido justo. El juez estrella, el juez mediático, no puede sentir lo mismo. Y la Audiencia Nacional se lleva la palma: es Hollywood.
Lo ocurrido con el pirata mayor/menor de edad, convertido en delincuente adulto o juvenil en sucesivos embates, no ha dejado muy bien a la justicia. Algunas actuaciones de los jueces estrella, tampoco. En un país en el que los jueces se titulan "progresistas" y "conservadores" puede ocurrir cualquier cosa. Un juez debe ser juez, y punto.
Pero la justicia arrastra otras carencias en su funcionariado. Los funcionarios de Justicia están sometidos a un trabajo agotador, por encima de los parámetros normales del empleo. Este sobreesfuerzo los agria, complica su carácter. Y las sedes judiciales no son, precisamente, un modelo de buen trato al administrado.
Todos los ministros de Justicia que han intentado reformarla han fracasado. Ni siquiera el conspicuo López Aguilar se portó bien con esta tierra, a la que tenía la obligación de defender. Bajo su mandato apenas se notaron mejoras en la administración de justicia en el archipiélago. Un desastre.
No funciona bien la justicia en España. Pero no de ahora, de siempre. A lo mejor es que a nadie le interesa solucionar sus graves carencias. Pero sobre todo tiene carencias de credibilidad, certeza de que ciertos jueces utilizan varios raseros para juzgar, certeza de disparidad de criterios, de mala atención en las sedes judiciales. Y es una pena porque en la administración de justicia hay hombres y mujeres muy competentes que desarrollan su trabajo con dignidad, con profesionalidad y con respeto.
Esperemos que más pronto que tarde alguien le ponga el cascabel al gato y acometan, por fin, la ansiada reforma, sin poner excusas tan seguidas para echarse para atrás.
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