A ESPAÑA le ha funcionado durante mucho tiempo un particular statu quo interno; un dejar siempre las cosas como están, sin más razón que la ley del porque sí. ¿Y esto por qué? Pues, porque sí. ¿Y esto por qué no? Pues, porque no. No sé cuán largo es este yerro. Intuyo que debió comenzar hace cuatrocientos o quinientos años, aunque asomó de forma clara en el período inmediatamente anterior y posterior a la pérdida de Cuba y Filipinas. Un episodio que pasó a la historia contemporánea española como el desastre del 98 y que, además de provocar una depresión nacional, propició una importante generación literaria cuya lectura ha dejado de recomendarse a los escolares.
Alguien, que no era militar, me contó hace tiempo una anécdota. Al llegar destinado a un regimiento, un coronel quiso saber por qué había un centinela delante de una puerta que daba acceso a un cuarto lleno de trastos y telarañas. Una habitación que tampoco poseía el menor valor estratégico. Preguntó a varios oficiales pero ninguno supo aclararle nada. Ya se vigilaba la puerta de aquel cuartucho cuando ellos se incorporaron al acuartelamiento. Averiguaciones posteriores determinaron que mucho tiempo antes, casi cien años antes, había pernoctado en el cuartel una unidad que transportaba municiones. El delicado cargamento se guardó en aquella habitación y se dispuso, como es lógico, que lo custodiase un soldado. Al día siguiente se llevaron el armamento pero olvidaron anular la vigilancia. Y así un año tras otro y una década tras otra.
Sobra decir que las historias de este tipo tienen muy pocas probabilidades de ser ciertas. Guardan, no obstante, bastante relación con la alta probabilidad de que en este país las cosas provisionales se conviertan en definitivas. Lo mismo da que sea una orden de cuartel, una decisión de Estado o la simple chapuza con la que un marido mañoso, aunque no tanto, arregla el enchufe de la lámpara que ha dejado de alumbrar.
Algunas de estas situaciones de statu quo son esencialmente inocuas; otras, no. Por ejemplo, la idea generalizada de que las Fuerzas Armadas no tienen buena imagen entre la población española. Motivo por el cual todos los gobiernos, aunque de forma especial los socialistas, han actuado casi a hurtadillas en lo relacionado con el estamento militar: desde su modernización y dotación de medios personales y materiales, realizada sin que se note mucho en la calle, hasta su utilización para lo que realmente es: para llegar con una acción de fuerza defensiva -nunca atacante; eso pertenece al pasado, al menos en Europa- a donde la diplomacia ya no puede llegar. Cierto que esa mala prensa está hasta cierto punto justificada. Una parte del Ejército se alzó en 1936 y provocó la guerra civil. Pero eso fue hace más de setenta años. Mantener tal statu quo ideológico en la actualidad proporciona consecuencias como la tragedia del "Alakrana".
El viernes por la noche sentí un enorme bochorno cuando en un programa de televisión, con cinco o seis contertulios opinando, se le dio paso telefónicamente a la esposa de uno de los pescadores secuestrados. ¿Quién puede negarle a una mujer, a una esposa y a una madre, el dolor por la incertidumbre sobre la vida o la muerte de su marido? Esa angustia es comprensible para cualquiera con un gramo de humanidad. Mezclar una cuestión de Estado con la tensión de unos familiares resulta, en cambio, una irresponsabilidad. Una irresponsabilidad que han cometido los encargados de conducir ese programa y de otros muchos, tanto de radio como de televisión. Leo en algún periódico que el rescate ya se ha pagado. Si con eso se consigue la liberación de los 36 pescadores, perfecto. Tan sólo me permito recordar que el mismo Gobierno, tan dispuesto a ceder a chantajes para salir de situaciones que lo comprometen, y de las que él mismo ha sido el principal responsable, persigue a los empresarios vascos cuando le pagan a ETA para que no atenten contra ellos o cuando les secuestran a algún familiar. De nuevo la ley del embudo: la parte ancha para mí; la estrecha, para los demás. Por añadidura, conviene recordar que pagando rescates se arma y alienta a los piratas para futuras acciones.
Convendría desterrar algunos de esos clichés mentales. Ojalá no necesitásemos ningún ejército. Lo decía ayer y lo repito hoy. Ojalá no necesitásemos incluso ninguna fuerza policial. Sobra decir que eso es imposible actualmente. Y mientras llega ese nirvana, convertir unas Fuerzas Armadas en una ONG -grande y bien estructurada, pero ONG a fin de cuentas- proporciona réditos electorales y le otorga a la progresía la medalla añadida de progresía chachi -o chachona, o chacona-, pero en cuanto nos secuestran un barco empiezan las lamentaciones, el crujir de dientes y hasta la súplica a la Monarquía y al Ejército para que hagan algo. Lo increíble es que muchos de quienes realizan esas súplicas, y no lo digo por los familiares, que bastante tienen con lo que tienen, se han pasado la vida denostando al Ejército e insultando al Rey. Algo que también forma parte del absurdo estado de cosas en el que lleva bastante tiempo inmerso este país.
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