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SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

El jersey

5/nov/09 07:31
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1.- Un pijo se detecta a la legua por la forma de colocarse el jersey encima de los hombros. El pulóver siempre ha sido una seña inequívoca de identidad. Se le sitúa descuidadamente sobre las clavículas y se le hace un nudo, sin apretar, a la altura del esternón. Se trata del uniforme del pijo de la Rambla. El pijo vive para el jersey y se lleva tremendo disgusto cuando la prenda le cría bolitas. Es el momento de reconocer que el género no es de cashmire (antes se decía "cachemira", no sé a qué viene esa majadería de cashmire). El pijo mantiene un armario con sus jerseys; de colores. Predominan los tonos pastel y otros muy suaves. Nada de estridencias. El pijo se compra los pantalones de una talla menos de la que realmente gasta para lucir culito por detrás y paquete por delante. Termina el día con tremendo dolor de huevos. El pijo camina despacio por la zona ajardinada de la Rambla, por ejemplo, con la camisa ligeramente desabrochada. El más hortera luce el Cristo de Dalí en su pecho/lobo. El jersey es una seña de identidad, un pasaporte a ninguna parte. Aunque haga mucho frío, el pijo no se quitará de su hombro la prenda para ponérsela como Dios manda. Se siente más seguro.

2.- Antes, en los sesenta, los jerseys se anudaban a la cintura, como si fueran un delantal, pero al revés. Se ataban las mangas a la cintura y el jersey recibía todos los gufos. El pijo del norte de la isla también se ponía el pulóver atado a la cintura, pero no se encontraba cómodo. Yo estoy con el postmoderno de la Rambla de Santa Cruz, antes llamada del general Franco .

3.- El pijo forma parte del paisaje. Y no tiene edad, ni otros condicionantes que no sean seguir su propia filosofía. Existen individuos permanentes en todos los sitios: en la barra de los bares, en las pistas de baile. Yo, cuando voy a las fiestas a las que me invitan, procuro apartarme del mago, pero el pijo me hace gracia. Recientemente asistí a una boda y un par de magos terminaron en el sitio de los novios, en la mesa presidencial. Todo el mundo se preguntaba qué hacían allí aquellos velillos. Terminaron la función eructando, fumando puros y engullendo los restos de los alimentos dejados allí por los padrinos. Un caos. El mago no respeta nada y cuando acude a las fiestas de los pijos, se crece. No sé cómo va a acabar esto de los magos y de sus comportamientos. Pero otro día seguiremos hablando de ellos. Me parece inevitable.

achaves@radioranilla.com

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