LO QUE DA esencia y define a los pueblos es la cultura. Una colectividad donde su pensamiento está troceado y sus referencias divididas permanece diluida en la ambigüedad, sin firmeza, sin convicciones. El puente que une, el espacio que fortalece, se construye a través de los materiales que nos facilita la herencia social y política.
Si esos materiales no son suficientes, por supuesto, que se construirán pilares, soportes, pero se estará a medio camino del proyecto. Los proyectos y, sobre todo, los políticos -y si de naciones se entiende-, concluirán cuando los individuos, al menos una amplia mayoría, asuman e introyecten dentro de sí una ristra común de conocimientos, creencias, arte, leyes, moral, costumbres y cualquier otra capacidad y hábitos adquiridos por el hombre en cuanto es miembro de una sociedad.
Sin embargo, y hay que remarcarlo con la debida fuerza y contundencia, lo que da entidad y enjundia a los pueblos dentro del marco de su cultura es la "simbología". Entendiendo por simbología cualquier tipo de objeto, acto o acontecimiento que pueda servir para vehicular ideas o significados. La simbología hay que considerarla como la esencia del pensamiento humano.
La simbología define, marca y diferencia a unos pueblos de otros. Y el camino de la diferencia es el que hay que buscar para ver si se podrá encontrar, no para sentirnos mejores ni peores ni más o menos capacitados unos y otros, simplemente para entendernos, para definirnos y saber qué es lo que circula por la mente de aquellos que comparten una misma cultura.
Pero la cultura como sustrato intelectual tiene sus enemigos que llegan de afuera violentando situaciones, estableciendo nuevos ritmos, trastrocando simbologías y confundiendo los discursos a través de una perfecta aculturización, estudiada para tergiversar y con una estrategia decidida a colonizar el pensamiento y las ideas.
A veces son tan fuertes esos retazos de aculturización que ante algunas debilidades triunfan, lo que hace que muchos pueblos se hayan quedado aparcados en la cuneta, que, cuando pretenden rehacerse y entrar en el camino para reiniciar el trayecto, se percatan de que son meros esqueletos de una historia de la que ni tan siquiera han sido protagonistas.
De ahí la pregunta. Porque no es tan fácil la respuesta, ya que muchos sí la tenemos y sabemos qué es lo que pretendemos para las Islas, que no es otra cosa que se consoliden como nación, no sólo culturalmente sino también políticamente, camino de un Estado. ¿Pero el resto tiene el mismo compromiso? Y lo preguntamos desde la realidad social y política de las Islas, que es donde aparece el dilema, la duda que resta voluntades y compromete, cuando no retrasa, el proyecto nacionalista, entendiendo entonces que pensar Canarias no es tarea fácil ni ahora ni anteriormente.
Pensar Canarias encierra dificultad, ya que no sabemos a ciencia cierta si lo hacemos desde una estructura perfectamente consolidada, si es prestada, hipotecada o viciada, que está haciendo que se tambaleen los cimientos en estos momentos de su historia, la misma que, no obstante, para unos es tajante, potente y para otros la ven cogida con pinzas e insegura.
Por eso, defender la cultura se hace necesario, saber de qué estamos hablando, y huir de la simbología es desterrarnos dentro de nosotros mismos, por lo que hay que tener perfectamente asumido que la simbología no se debe violentar, y si alguna vez pudiera encontrarse en peligro no habrá otra alternativa que inventar otra, desde dentro, desde una perspectiva propia, eludiendo el vacío que nos proponen.
Los pueblos que viven de espaldas a sí mismos están condenados a su extinción, a no desarrollarse como tales; pero los que se definen dentro de su espacio cultural tocan ya con los dedos un mejor futuro al reavivar su presente teniendo a su vez bien claro no confundir el folclorismo con la esencia cultural de los pueblos.
No es fácil aglutinar voluntades, no es fácil propiciar los símbolos, aunque dispositivos políticos y culturales hay de sobra, pero las más de las veces están en un perfecto quietismo y, cuando no, en un colaboracionismo hasta cierto punto sospechoso. Pero si se pusieran en rodaje con decisión, los tiempos se acortarían y la meta se acercaría con mayor celeridad.
Pensar que lo que tenga que venir venga de fuera, esperar voluntades político-administrativas que caminan y se deslizan por el tiempo sin conclusión alguna, es dar palos de ciego y a la espera de no se sabe qué.
Las decisiones de los pueblos, los que se han afirmado, se han construido y se han hecho uniendo criterios, los de todos o de la gran mayoría, pero desde dentro, desde una cultura perfectamente compartida, asumida y diferenciadora.
Podemos decir o pensar otra cosa; saltarnos barreras en la virtualidad de sentirnos héroes de sí mismos, con una fuerza arrolladora. Pero si el círculo es limitado, si los que nos entendemos y estamos instalados en el discurso no somos suficientes, el retraso está cantado. Eso sí, palabras habrá muchas, énfasis demasiados, entusiasmos interminables, pero con eso sólo se logrará continuar instalados en el espacio de la confusión. Verlo de otra manera ya da carta de naturaleza a esa misma confusión de la que hablamos.
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