SOLEMOS perseverar los seres humanos en seguir como animalitos (con pintas en el lomo). Nos complicamos con encajes de bolillo en busca de facilidades, felicidades, comodidades y eternas juventudes. Todo en una suerte de maniobras (orquestales en la oscuridad) y convicciones en las que también pisar (fuerte) a los demás vale.
Volcamos todas nuestras fuerzas en nuestras relaciones, en los trabajos, en los horizontes afectivos tan cercanos y lejanos, quizá en una proyección ancestral de la competitividad pura por sobrevivir en tiempos en los que un mamut te estrellaba de un trompetazo o una infección de garganta te llevaba al otro lado de las tinieblas (¡mira que es impresionante lo del antibiótico!).
Así, todos, independientemente de culturas, conceptos, filosofías, medios económicos, atributos físicos o capacidad de joder (en el buen sentido), vamos portando una mochila pesada y porfiamos en la escalada hacia el Himalaya, hacia la cumbre del K-II de nuestra vida que, total, la tenemos irónicamente al ladito. Si no, estudien la teoría de la relatividad de Einstein.
Al final, muchos, en ese cruel afán, no llegan ni al campamento base y la mochila les termina por hundir. Y en un instante, cuando uno está ahí tirado, mirando a la nebulosa, extenuado, por arte de no sé qué aparece: LA CERTEZA. La certeza, en un "travelling" perfecto, cada uno la suya: una dama con túnica transparente montando en un unicornio; una rana de los Andes saltando rítmicamente, una jarra enorme de cerveza con limón bajando por el gaznate.
Es cuando se aligeran mochila y botas, y uno ya tiene la certidumbre de que no va a seguir enlodado como antes. Lo peor es que la propia vida genera el antídoto para neutralizar pronto esos gramos etéreos de paz interior.
*Jefe de sección de EL DÍA
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