EN ESTOS momentos de España, en los que parece -apunta Delgado Val- que estamos "al final de una época", recordando a Ortega, cuando éste hablaba de "una segunda tristeza, la del trabajo inútil", viene muy bien traer la memoria de un militar nonagenario ilustre, el teniente general José Ramón Gavilán y Ponce de León, castellano de pura cepa, que dio fe -con el ministro de Justicia, entonces, Sánchez Ventura- del enterramiento del general Franco en el Valle de los Caídos, por ser el segundo jefe de su Casa Militar.
Su padre, teniente coronel del Ejército, Marcelino Gavilán, pudo ver la frustración de la vocación militar de su hijo, al cerrarse la Academia Militar de Zaragoza. Inició sus estudios universitarios. Estuvo en el Teatro de la Comedia, y acompañó a José Antonio Primo de Rivera en la Cárcel Modelo. Sus primeras experiencias de guerra fueron en Somosierra. Formó parte del comando que intentó rescatar a José Antonio de la cárcel de Alicante, impedida por el paso de la escuadra republicana del Atlántico al Mediterráneo. Alférez provisional, estuvo en primera línea en el frente de la Ciudad Universitaria. En 1937, ingresa en Aviación, prestando servicios como tripulante de bombardeo. Voluntario, fue a Rusia, a la Escuadrilla Azul, realizando cerca de un centenar de servicios de guerra. Es profesor de la Academia General del Aire, jefe de la Escuela de Polimotores de Jerez de la Frontera, donde conoció a su esposa, Consuelo Moreno Herrera, hija del conde de los Andes, el cual había sido el último jefe de la Casa de Alfonso XIII, y quien donaría a Franco la casa de "Canto del Pico", de Torrelodones (Madrid).
El general Dávila había sido el primer alférez provisional que alcanza el generalato. Ascendió a teniente general en 1977, y terminó su vida activa como jefe de la Primera Región Aérea. Creador de la Escuela de Reactores de Talavera de la Reina, y agregado militar en la Embajada de España en Roma. Allí conoció y trató a monseñor Altabella, aragonés, que era el representante eclesiástico del Gobierno español en el Vaticano, y con quien trabó un gran amistad humana y espiritual. (De esta relación recíproca viene la nuestra en el orden castrense y personal).
Era un lujo contar en el Ejército del Aire con este gran aviador, cordial, muy cercano, buen cristiano y sencillo, pese a sus destacadas condecoraciones. El marqués de Laula ha recordado el texto motivador de una de aquellas condiciones: "Por sus cualidades de mando, está llamado a ser uno de los futuros valores del arma". Como así fue. Hasta su muerte, en silencio, un día anterior a su cumpleaños, pasados los noventa años, y con la esperanza en Dios. La duquesa de Franco asistió emocionada al entierro por la fidelidad hasta el final al generalísimo Franco. Todo esto, sin alaracas, es también "memoria histórica".
Jesús López Mede l
(Consejero Togado del Aire (R.).
Académico)
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