ES EL FENÓMENO que hace relación, de alguna manera, al silencio de Dios. El mundo actual se está empeñando en no ser imagen de Dios, sino ser imagen del hombre. Dios es una lejanía ya. Incluso, para no pocos, es un cadáver. El hombre aspira a ser la única palabra que se escuche. El gran escritor y teólogo Charles Moeller, autor de "Literatura del siglo XX y Cristianismo" (1960), dejó escrito sobre el dinamismo de esta época: "Hay periodos en los cuales los hombres toman más claramente conciencia de la ausencia de Dios en el mundo. Este es uno de ellos"; y el nuestro (2009) lo es aún más. Basta recordar la ruptura de las costumbres de la vida familiar más fundamental en lo social y en lo espiritual (aborto, eutanasia...) que se están proponiendo los gobiernos democráticos españoles de nuestros tiempos. En todos ellos, aun en los miembros que se confiesan católicos, pesa muy poco o nada esta doctrina de la Iglesia:
"La Iglesia, en virtud del Evangelio que se le ha dado, proclama los derechos del ser humano y reconoce y estima en mucho el dinamismo de cada época como lo hace de la actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de la falsa autonomía. Acecha, en efecto, la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humana no se salva; por el contrario, perece. Frente a este peligro tan dañino como real, la unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios. Insistiendo más en esta doctrina, nos encontramos a las personas de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, que se les exhorta a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiadas siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan las personas cristianas que, pretextando que no tienen aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada una. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.
Los místicos, a su vez, han pasado y están pasando por una experiencia dolorosa de soledad humana, de soledad divina. Pertenece a la pedagogía del Padre que "abandonó" ("¿por qué me has abandonado?") a su Hijo. La noche oscura del espíritu prepara el alma, por la prueba, para las claridades del día, como el dolor de la separación predispone la alegría del encuentro.
La fe es un camino en la noche en el que no hay más norte ni más estrella que el de la palabra empeñada por Dios. Mientras que en el camino de hombre Cristo "duerme" crucificado, invitando al desasimiento. En la meta del camino del hombre Cristo "vive", resucitado, invitando al gozo pascual. Este gran Misterio nos invita a reflexionar con fe y vida: siempre hay, junto a la cabecera de un niño que duerme una madre que vela. Siempre hay a la vera de cada vida humana un Padre que vela aunque aparente dormir, para que la duda no hunda sus garras, robándole la esperanza, misión propia de Cristo. Ante el silencio de Dios sólo queda obrar por la fe como si nunca hubiera dejado de hablar.
Con qué sencillez y firmeza obraba y vivía esta realidad la gran santa Teresita de Lisieux: "Ya no tiendo el gozo de la fe, me esfuerzo en hacer las obras de ella".
* Capellán de la clínica San Juan de Dios
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