AUNQUE HACÍA referencia a ella el editorial de este periódico publicado ayer martes, no está de más volver a comentar una noticia, como se ha dicho, curiosa: "El Cabildo reclamará competencias para poder sancionar los ataques a la imagen turística de Gran Canaria". Falta por ver -y eso también lo adelantaba el editorial de EL DÍA-, si entre esos ataques se incluyen las críticas, por ejemplo, a que la cerveza de un determinado bareto no sea tan buena como debiera, o si en tal o cual restaurante sirven la paella con el arroz pasado.
El asunto de la imagen turística de la isla redonda colea desde la emisión de dos programas de televisión poco edificantes, como son "Arena Mix" y "La Noria". No vi en su momento ninguno de los dos porque carezco de tiempo para regodearme en la basura, aunque respeto tanto a quienes los elaboran -de todo hay que hacer para llevar los garbanzos a casa-, como a quienes se deleitan con ellos ante el televisor. Allá cada cual con sus pasatiempos. En cualquier caso, no le niego a un Cabildo su pleno derecho a ejercer las competencias que considere oportunas para salvaguardar a un sector tan importante cual es el turístico. Lo que no me gusta es el camino emprendido. Porque, y ahí está la madre del asunto, ¿podrá perseguir una corporación insular incluso una simple crítica? Abierto el melón intervencionista en este aspecto, las posibilidades de censura son inmensas y dan miedo.
Hay algo, además de la baja ocupación coyuntural, que le quita el sueño a los hoteleros, dueños de restaurantes, empresarios de cualquier actividad turística y, a veces, también a los políticos y autoridades con responsabilidad en este sector: las críticas que realizan los usuarios en Internet ante un hipotético mal servicio. Cada vez son más los viajeros que reservan su vuelo, las habitaciones del hotel, el coche de alquiler y hasta las entradas de los espectáculos a los que piensan acudir a través de la Red. Y lo hacen mediante páginas que habitualmente incluyen un formulario sobre la satisfacción -o insatisfacción- por el servicio recibido. Media docena de críticas desfavorables comprometen el futuro de un establecimiento; medio centenar pueden poner en serios aprietos a toda una zona. El potencial de elogio o descalificación que tienen los clientes en este sentido es inmenso; tanto, que algunos vividores lo están utilizando como chantaje. Sobra decir que en un país en el que programas como los citados causan furor entre una audiencia no demasiado sobrada de materia gris, el daño o beneficio causado por la caja tonta cuando la toma con una determinada zona turística puede ser no sólo inmenso sino definitivo. De ahí la natural preocupación del Cabildo grancanario.
Una comprensible inquietud que no justifica, empero, la decisión de sancionar a todo el que discrepe; o al menos de reclamar las competencias necesarias para hacerlo. Fastidioso resulta que no se pueda escribir de cabelleras coloreadas, pero, ¿tampoco va a ser lícito decir que una playa está sucia si realmente lo está, o que tal o cual aspecto de cualquier zona son mejorables? Me pregunto cuál es el siguiente paso. ¿Tampoco podremos comprometer mediante crítica alguna la imagen de un político, un deportista y hasta un escritor cuya literatura nos disguste? Bien es verdad que en una democracia de pacotilla, propia de un país esperpéntico, todo es posible.
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