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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Chantajes sociales

31/oct/09 07:35
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ME LLAMA una amiga bastante molesta -en realidad bastante cabreada- porque en el colegio al que envía a sus hijos -una niña de 11 años y un pibe de 9- le han pedido a los padres un atuendo especial para que sus retoños celebren como es debido esa payasada llamada Halloween. Lo de payasada lo dice mi amiga, que no yo, no sea que alguien encuentre alguna relación rocambolesca con sus visitas a un salón de belleza masculina, se sienta herido en su honor -o en su lo que sea- y el calificativo me cueste otros cuantos miles de euros. Naturalmente, tengo mis propias ideas sobre esta fiesta importada y esas, con todo el respeto del mundo y parte del extranjero, sí las voy a exponer.

Sobra decir, pues eso lo saben hasta quienes confunden la prueba del nueve con la inexistente prueba del diez, que el Halloween o noche de las brujas se celebra principalmente en Estados Unidos cuando cae el sol el 31 de octubre; es decir, esta noche. Su origen, a pesar de lo que dice la Wikipedia, no está claro. Algunos hablan de mezclas de conmemoraciones celtas con la fiesta cristiana del día de todos los santos, víspera de otra fecha igualmente significativa en las naciones católicas: el día de los fieles difuntos. Conmemoración esta última que no está en la onda del mundo anglosajón, porque es propio de la sociedad anglocretina hablar lo menos posible de la muerte. Para un entorno hedonista y descreído respecto a un paraíso futuro, ya sea el edén bíblico de judíos y cristianos o el jardín colmado de huríes de los musulmanes, la muerte representa un fracaso tan deprimente como las películas que acaban mal; es decir, aquellas en las que no ganan los buenos. En este aspecto, el Halloween, con su carácter carnavalesco o artificial, le quita hierro al asunto.

Todo esto, empero, a mí me da igual y así se lo hice saber a mi airada amiga. Tan sólo le pregunté por qué no había mandado directamente al carajo al profesor -o a la profesora- que le sugirió un disfraz ad hoc para sus criaturas tal día como el de hoy. "Porque entonces los marginas", me respondió. Lo malo es que tiene razón.

Nos han creado -en realidad, todos hemos contribuido a crearla- una sociedad en la que unos pocos, a veces los más tontos, dictan lo que han de hacer los otros y los otros les siguen mansamente la corriente. El Halloween, por supuesto, es una soplapollez que no merece ni una línea más. Otros asuntos, empero, no son tan baladíes. Porque un día un compañero de trabajo -o el camarero que nos sirve cada mañana el desayuno en la cafetería de enfrente- nos pone delante una hoja con un montón de firmas para que la garabateemos nosotros también; una hoja en la que se pide, verbigracia, que no se construya el puerto de Granadilla, o que no se acometa la segunda pista del aeropuerto del Sur, o que los homosexuales puedan adoptar hijos, o que una niña de 16 años pueda abortar sin ni siquiera consultárselo a sus padres, o cualquier otra cosa con la que esencialmente no estamos de acuerdo; o sobre la que, cuando menos, carecemos de una opinión lo suficientemente definida para tomar partido en cualquier sentido. Pero firmamos. Firmamos porque una rúbrica no cuesta nada y una negativa, en cambio, supone ingresar en el grupo de los discordantes. Así de sencillo resulta ejercer el chantaje social.

rpeyt@yahoo.es

 

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