ESTABA el martes pasado tomándome un café y leyendo un libro en la terraza de la zumería Parque Bulevar de nuestra capital y, al poco tiempo, llegó mi amigo Manolo. Mientras se sentaba, y sin apenas saludarme, me espetó: "No sabía que estuvieras a favor del divorcio. Lo digo por tu artículo de la semana pasada". A lo que le contesté: "O yo no me expliqué bien, o tú sólo leíste por encima lo que escribí, ya que lo que pretendía era hacer una reseña del libro de Paulino Castells Los padres no se divorcian de los hijos".
Mientras saboreaba la infusión que había pedido, se me ocurrieron algunas ideas en torno al divorcio: como sabes, en mis años de docencia, casi siempre he estado con adolescentes. He visto sufrir, sufrir de verdad, a muchas chicas y chicos, como consecuencia de las "greñas", de la separación o del divorcio de sus padres.
Se me encoge el corazón cuando recuerdo un chiquito de 13 ó 14 años que iba por la vida de enterado, incordiante o rebelde -los rebeldes siempre me han caído bien, pero aquél agotaba la paciencia de un santo-; los últimos días estaba bastante descentrado en clase, apenas paraba quieto y protestaba por todo, si bien era un chico inteligente y despierto. Al terminar la última clase del viernes, se retrasó al salir del aula buscando no recuerdo qué; en vez de aprovechar para echarle una "filípica" -que a estas edades les suele resbalar- cuando iba a salir, le puse la mano en el hombro y le desee "¡un muy feliz fin de semana!". Se dio la vuelta, me miró a los ojos: "¿Feliz fin de semana, dice usted?". "Hombre, es lo que te deseo", le dije; a lo que me contestó: "No sé lo qué ocurrirá al llegar a mi casa: si estará mi madre, si me tengo que ir hasta el domingo con mi padre y su estúpida novia, o si me tengo que ir a casa de mis abuelos", a la vez me di cuenta de que se le estaban cayendo unos buenos lagrimones a un chaval que presumía de "duro". Le acompañé hasta la puerta del centro y le dije, "el lunes si quieres hablamos". "¡Gracias profesor!".
Son muchos los casos de este tipo que podría contar. Así como de entrevistas o charlas con padres de mis alumnos, separados, divorciados o en crisis, sobre todo como jefe de estudios o director. Pero la intimidad de los que fueron alumnos míos, o de su padres, para mí es sagrada. Coincido con Paulino Castells cuando afirma que "abundan los chismes públicos sobre gente separada o divorciada, pero pocos hacen justicia al sufrimiento o a la infelicidad que sienten aquellas personas que quieren, pero no pueden, solucionar sus problemas de una relación de pareja insatisfactoria o fracasada". Hay revistas del corazón que pretenden influir en un estado de opinión, tratando de convencernos de que cambiar de pareja es lo más natural del mundo.
No, no es una decisión frívola, según mi experiencia. De lo que estoy muy seguro es de que no se ha tomado a la ligera y que no es fruto de la improvisación, sobre todo cuando hay hijos por el medio (salvo los casos aislados de personas inmaduras que rompen por un mínimo contratiempo) y que han hecho todo lo que han podido por mantener a flote su precaria relación. Pero siempre alguien sale mal parado de las consecuencias del divorcio. Con independencia de sus motivaciones, la verdad es que dudo -al igual que opinan los doctores Rojas Marcos y Castells- que existan separaciones amistosas. Como afirman los citados doctores: "La ruptura de la pareja es una de las experiencias más amargas que puede sufrir la persona, después de la muerte del otro cónyuge querido". Yo me atrevería a afirmar que más, porque la muerte es algo natural.
Como orientador familiar, siempre me planteo: ¿qué habrá ocurrido en esos años de convivencia -a veces bastantes- para pasar de: "¡Pepa, no puedo vivir sin ti!" a un "¡Pepa, no puedo vivir contigo!". O, ¿por qué no una separación temporal?; de esto escribiré otro día. Además hoy hay excelentes psiquiatras, psicólogos y orientadores familiares que siempre pueden ayudar a salir de la crisis -solos es difícil- si se acude a tiempo.
Para tu tranquilidad, apuesto por una relación matrimonial indisoluble, además soy católico y sin complejos. Por lo que respeto aquellas formas de pensar aunque sean antagónicas de las mías. Sólo veo a una persona o unas personas a las que puedo ayudar.
* Orientador familiar y profesor
emérito del CEOFT
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