ME PREGUNTO si sirve de algo que don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias, abogue por constituir un frente común contra el desempleo. Pienso que no. Queda muy bien decir en un discurso que "el paro hiere nuestra dignidad como seres humanos y constituye nuestra principal preocupación", pero eso tampoco ayuda demasiado. A lo mejor un consuelo de que la Casa Real recuerda a quienes están en precaria situación; sobre todo teniendo en cuenta que en comunidades como Canarias el porcentaje de parados ronda ya el 26 por ciento.
Exponía hace unos días un periodista y escritor su enorme melancolía, casi su depresión, por pasear por calles céntricas de Madrid y encontrar un sinfín de tiendas cerradas. Tiendas que habían sobrevivido a mil vicisitudes, incluidas contiendas fratricidas, levantamientos populares, caídas de monarquías, proclamaciones de repúblicas, la crisis del 29 y hasta incendios devastadores. Una y otra vez habían logrado sobreponerse a sus infortunios. Ahora parece que les ha llegado la hora definitiva. Bien es cierto que para encontrar comercios en esas condiciones no hace falta viajar hasta la Villa y Corte; basta dar un paseo por Santa Cruz.
Mal que le pese a muchos, esta situación no va a cambiar en los próximos meses. Posiblemente, y eso es lo peor, tampoco en los próximos años. La economía española ha sido una economía de pacotilla basada en la construcción y el sector inmobiliario. Actividades que se recuperarán en la medida que les corresponde en otros países, al igual que en España, pero hasta ese punto; hasta esa medida que les corresponde. En el resto de Europa se nota una cierta activación de ambas, pero en España habrá que esperar; al menos hasta que el mercado liquide un millón largo de viviendas construidas que nadie compra. Haber edificado en un solo año más que Italia, Alemania y Francia en su conjunto -lo repito una vez más porque esa es la madre del cordero español- no tiene por qué salirnos gratis. Mientras tanto, hagámonos a la idea de que habrá más tiendas cerradas, más desempleo y, consecuentemente, otras tiendas adicionales que también colgarán en sus escaparates el fatídico cartel de "se alquila" o "se traspasa". Eso será así por muchas vueltas que le demos y por mucho que Don Felipe lo diga en el acto de entrega de unos premios denominados con su título real. Premios, dicho sea de paso, que en la mayoría de las ocasiones han destacado a personas ya ampliamente galardonadas en la escena internacional, porque llevando a Oviedo a un deportista, cineasta, científico, escritor o político famoso -un día de estos le dan el Príncipe de Asturias a Obama; tiempo al tiempo-, se prestigia al propio certamen más que a la persona en cuestión. Lo cual es precisamente lo que se persigue, porque aquí somos así. Ocurre con la mayoría de los premios literarios, cinematográficos o de cualquier tipo que se conceden en España. Lástima que el silencio implícitamente aceptado por los medios de comunicación patrios le sustraiga a la ciudadanía este interesante debate. Sobre todo porque mientras no empecemos a hablar con claridad, a llamar a las cosas por su nombre, no sabremos dónde estamos realmente. Y conocer donde está uno -eso lo saben los navegantes- es condición imprescindible para ir a cualquier parte.
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