DESDE el punto de vista contable es una inmaculada operación: los paseantes que a diario cruzan la plaza mayor de El Ejido (Almería) ignoran que están pisando sobre la que quizá sea la baldosa más cara del mundo. La losa, de mármol blanco y un metro cuadrado, fue colocada el 25 de septiembre de 2003 para sustituir a otra que se encontraba dañada. Para la operación fueron necesarios dos peones ordinarios, un peón especial, dos oficiales de primera y otros dos de segunda, que estuvieron trabajando 27 horas. Además, se utilizaron dos retroexcavadoras, una furgoneta, un camión basculante, así como 35 kilos de hormigón y 250 metros de cinta de señalización. Total a pagar, IVA incluido: 2.134,66 euros.
Una sola baldosa a la que repercuten un costo de cerca de medio millón de las antiguas pesetas. Claro, si no hubiera saltado a la luz pública, eso lo pasa luego a contabilidad un señor que con tropecientos apuntes a distribuir no tiene información sobre el fundamento y fondo del trabajo. Tampoco es su función, la de fiscalizar. Es una factura, monda y lironda, y va a la cuenta y capitulo correspondiente. 572 euros por el cambio de una bombilla durante un concierto. Vale. Quien a futuro revise esa cuenta, a menos que se establezca una rigurosa auditoria o haya algún filtro contemplado para costo, por envergadura de trabajo, tampoco tiene por qué percatarse del engorde artificial para el que se supone que son los responsables los que dictaminan la conveniencia y adecuación en precio de los encargos estableciendo ellos mismos sus controles adaptados a las leyes y normativas, si es que las hay.
El mensaje didáctico de la dichosa loseta no puede pasar desapercibido porque acontece con más frecuencia de lo que pensamos en sus distintas modalidades. La contabilidad describe lo que le quieren decir y no es ninguna garantía. Puede suceder, de hecho sucede como vemos, que nos roben los dineros en nuestras administraciones y en nuestra propia casa, por decir algo. Si no hay moralidad, compromiso, ética y honradez, la contabilidad puede orbitar en el paripé. Las chapuzas son las que caen.
El caso de la boda de la hija de un "gestor" que se celebró -¡vivan los novios!- en un restaurante con el que anteriormente se había pactado que se emitieran facturas divididas como comidas en días diferentes para incluir en las dietas por su actividad. El banquete costó "X" y desde un año antes al feliz desenlace el susodicho restaurante ya empezó a pasar facturas mensuales "X/24", suave entra mejor, que pagaba la administración correspondiente, del bolsillo del contribuyente. Los contables, normalmente sin pajorera idea de las sustancias profundas, aplican los números a las partidas correspondientes.
Tres empresas de limpieza competían, en un ejemplo ficticio basado en la realidad, por los servicios a un centro sanitario o a un colegio importante. Los dos mejores presupuestos fueron citados por el poderoso gerente o director que tanteó hábilmente la posibilidad de limpiar en su propia casa. Este señor, teniéndolo, no paga el servicio ¿Quién lo paga?, o ¿quién lo pagó?
La hipótesis de falta de principios puede recoger salvajes bocados amparados en perfectas relaciones numéricas. Ya no les cuento la existencia de esta posibilidad en las operaciones de compra o adjudicación. En recalificaciones, concesiones y en todo aquello en que la determinación de una o varias personas pueda facilitar un excelente negocio, aún para una sola parte. Un llaverito puede costar diez euros, dos pa'ti, dos pa'mi, y y seis pa'l chino.
También hay quien denuncia en falso por motivos laborales, o quien estando pringado hasta la coronilla no ha terminado satisfecho con el reparto.
Pero la mayoría de la gente es buena y honrada. Conozco magníficos gestores de muy difícil compra, incapaces de violentar un ápice sus convicciones o vocaciones, su afán de servicio o su visión propia sobre sí mismo. Incapacitados para el engaño, confiables e incorruptibles, profesionales dignísimos que abundan hoy en día en la sociedad. El pecado puede darse, lo mismo en el ámbito privado que público, por eso hay que diferenciar muy selectivamente para separar el trigo de la paja. Los órganos policiales y judiciales -ellos los primeros- están en la tarea por el bien común.
La función de auditoría se basa en el supuesto de que la información pueda ser verificada. La auditoría examina y evalúa las afirmaciones hechas por los administradores.
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