DESDE que EL DÍA me distinguió con una cita con sus lectores, he escrito como alcalde, como parlamentario y como político de aquellos asuntos que a todos nos concernían. Eso, al menos, he intentado. Hoy quisiera hacer una excepción. Por primera vez desde que los vecinos de Santa Cruz me honraron con la responsabilidad de trabajar como alcalde por esta ciudad, por razones familiares, debo ausentarme de nuestra Isla durante algunos días.
Tal vez por esas razones personales quisiera convertir estas palabras dominicales en un mensaje más personal. Un mensaje de agradecimiento y afecto a todas esas personas que a lo largo de estos últimos tiempos han tenido una palabra de ánimo, una frase de consuelo, un gesto de ánimo. La política en estos tiempos se ha convertido en algo muy sucio. Ya no existen adversarios, personas que piensan distinto que tú, sino enemigos. De la política tan sólo se reciben insultos, acusaciones y maledicencias, y uno se convierte en una especie de diana donde no está a salvo ni la honra personal.
Pero todo eso, al final, es humo. Porque la vida, de repente, te demuestra que más importante que la imagen pública, que el crédito político que nuestra vanidad quiere siempre tener intacto, son las cosas y los problemas, la felicidad y la paz de las personas a las que quieres. De muchos vecinos de Santa Cruz, de toda esa buena gente a la que tanto he aprendido a querer y a respetar, y a conocer en sus calenturas y en sus alegrías, he recibido lo mejor que una persona puede esperar de otra: respeto, afecto, cariño. Y me ha consolado más una frase de afecto, unas palabras sinceras de ánimo, que todos los titulares de prensa del mundo.
Hace unos días, una de esas personas buenas, un buen amigo, me mostró un texto de Mario Andrade, poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño, que quiero compartir hoy con ustedes, santacruceros o no y lectores de este periódico:
"Conté mis años y descubrí que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora...
Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.
Ya no tengo tiempo para reuniones interminables donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.
Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.
Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.
No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.
No tolero a maniobreros y ventajeros.
Me molestan los envidiosos que tratan de desacreditar a los más capaces para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.
Detesto, si soy testigo, los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo. Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.
Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.
Quiero la esencia, mi alma tiene prisa... Sin muchas golosinas en el paquete...
Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.
Que sepa reírse de sus errores.
Que no se envanezca con sus triunfos.
Que no se considere electa antes de hora.
Que no huya de sus responsabilidades.
Que defienda la dignidad humana.
Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.
Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.
Quiero rodearme de gente que sepa tocar el corazón de las personas?
Gente a quien los golpes duros de la vida le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.
Sí, tengo prisa, pero por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan? Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora me he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.
Espero que la tuya sea la misma, porque, de cualquier manera, llegarás...".
Mario de Andrade
Quisiera compartir con todos ustedes estas palabras y lo que significan para que hagan un hueco en todos los problemas que nos llenan la vida, en todas las angustias y sinsabores, y piensen de verdad en el tiempo que nos queda por vivir, en lo verdaderamente importante que tenemos a nuestro alrededor, en aquellos que nos quieren y a los que queremos. En la importancia de seguir siendo lo que siempre hemos sido, gente sencilla, gente honesta, ni más listos ni más tontos que nadie. Gente de bien. Gente que al final sabe, como lo sabían nuestros mayores, que lo más importante en esta vida son nuestra familia y nuestros principios. Y el tiempo que les dedicamos a ambos. Ese valioso tiempo que a veces dejamos perder.
* Alcalde de Santa Cruz de Tenerife y diputado en el Parlamento de Canarias
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