DICE el titular "Cárcel, multa y destierro por quemar el monte de La Esperanza", la fuente matiza: "Cuatro años de prisión y 5.200 euros". Le he preguntado inmediatamente a un amigo abogado si el destierro existe en este Estado democrático, cree que no, pero ya no se asusta de nada y me pregunta dónde está la noticia. "El autor del incendio que acabó con cuatro hectáreas de masa forestal en la primera semana de julio del pasado año, de 58 años, tendrá que estar desterrado ocho años nada menos". ¡Bien! Pero del término municipal de El Rosario, según una sentencia dictada por la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Ni que poco lejos fueron a condenarlo. En Radazul o en Tabaiba no puede estar paseando al perro, pero en Costanera o Acorán, sí, sin culpa ninguna.
La piromanía es un trastorno psicológico que produce en la persona un desbordante deseo de observar el fuego y que encuentra placer en ello. El incendiario es aquel que, por motivos de cualquier índole, decide prender fuego y conseguir con ello un resultado que cree que le puede beneficiar. Por ejemplo, se sabe a ciencia cierta que los incendios que afectaron a casi treinta y cinco mil hectáreas de perímetro en Canarias fueron provocados. Las dos islas con mayor volumen de tierras emergidas en este separado mar resultaron devastadas perdiéndose tesoros difíciles o imposibles de recuperar como partes concretas del bello caserío de Masca.
A quemarse el bello púbico, a galeras como en tiempos de los romanos, condenaba el presente a ese señor fosforito, más que nada por lo malo que fue en su papel. Al cuerno o a Somalia desterrado.
Pero la realidad parece al revés. Resulta que contra vientos y mareas en una operación tremendamente complicada a nivel operativo y logístico, el abnegado personal del ejército español se lleva pa´Godilandia a dos individuos que, después de un gasto enorme, resulta que aparte de ser pobres desgraciados -con todo el respeto- que nunca podrían llegar ni a cabeza, ni a alfiler, de turco -que ya se sabía-, uno de ellos estuvo a punto de encuadrarse como menor y en ese caso protegido por la Ley de Menores. Pruebas médicas indicaron al juez que podía tener 17 años y ¡Buff!, ya el conejo me hubiera riscado la perra. Menos mal que un oportuno análisis dental lo descartó.
La Fiscalía de Menores de la Audiencia Nacional ordenó preventivamente el ingreso en un centro de menores de régimen cerrado de Abdu W., "Willy", el pirata medio inmaduro detenido por el secuestro del atunero "Alakrana" -piden 4 millones de euros por la liberación- tras tomarle declaración y mientras el nota pedía que le devolvieran sus efectos personales, especialmente el móvil, con el número grabado de la piba.
Tradicionalmente, siempre que pensamos en piratas, corsarios y bucaneros, nos viene a la memoria la imagen del típico pirata con barba, parche en el ojo, pata de palo (si ya lleva un tiempo en el oficio) y, por supuesto, el famoso lorito como animal inseparable de su amo.
Es interesante ver cómo, a lo largo de la historia de cine, el género "de piratas" siempre incluye a este bicho, que se caracteriza por su insolencia, su mirada hostil y su constante vigilar a los subordinados del capitán en cuestión. Dicho animal acaba resultando pesado e irritante la mayoría de las veces, cuando no odioso. Salvo raras excepciones, a todos nos entran ganas de desplumar al animalito en cuestión para que calle, o cuando menos, tirarlo por la borda para poner fin a su constante mirada inquisitoria.
Nadie ha pensado nunca en el juicio a un menor, a éste no le tocó la lotería, al que se puede acusar de "36 delitos de detención ilegal", uno por cada tripulante del barco retenido, de robo con violencia, uso de armas e incluso de terrorismo.
Lo peor es que los atuneros vascos y gallegos siguen secuestrados jugándose la vida porque a aquellos les da igual ocho que ochenta. Con dos buques de guerra, que interceptaron su camino a tierra, parados enfrente del pesquero, con ellos dentro, en un pulso demasiado majareta. El gandul detenido no es menor, ni un loro, y el otro ni tiene parche ni pata de palo, mientras que al incendiario sacan de El Rosario.
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