YA EN UNA OCASIÓN manifesté el poder de la Naturaleza frente a las ficciones de ciertas realidades jurídicas. Sobre todo cuando éstas no coinciden con la claridad de las normas en que aspiran a basarse o con la propia Naturaleza. Fue el caso dado en los años 70-80, cuando a raíz de una fuerte sequía en la ciudad de Barcelona, por Decreto-Ley se ordenó el trasvase fijado en metros cúbicos de agua del Ebro, río abajo, a partir del pantano de Mequinenza y Tarragona, hacia arriba. El apoyo "legal" se basaba en que en el Estatuto de Cataluña, esta Comunidad daba facultades para la regulación de toda la cuenca del Ebro, pese a estar impugnado este punto ante el Tribunal Constitucional, ya que la ordenación de las cuencas hidrográficas está encomendada por la Constitución Española al Estado. Lo que ocurrió es que aunque se hicieron algunos trabajos preliminares para el trasvase, hubo tal cantidad de agua de lluvia caída, en pocos días, que el Decreto-Ley dejó de tener cumplimiento. La Naturaleza había burlado las infracciones legales, formales y sustantivas.
Nos encontramos en otra fiebre de suplantaciones de las competencias del Estado por las autonomías, como luego expondré. Manuel Pizarro se refería ("Heraldo de Aragón", 16-8-2009) a la "necesidad de repensar un impulso constitucional". Al igual que el historiador Fatás lo hacía para "repudiar la violencia que entrase por vía autonómica". Precisamente cuando Samuelson diagnosticaba que "la recuperación económica será global o no será" ("El Mundo", 17-8-2009), Antonio Hernández-Gil insistía en la necesidad de una mirada atenta, para la crisis en que nos movemos, "a todo lo que el hombre posee en el mundo" (Abc, 29-8-2009).
Pudiéramos ampliar el número de supuestos que han llegado a pretender la Generalitat, y, por imitación, alguna que otra Comunidad: acelerar la aprobación de leyes propias antes del fallo del Estatuto, proclamándose -o sacándose de la manga- la bilateralidad del Estado como doctrina aplicable a todas las comunidades autónomas.
Ahí viene otra vez, al tiempo o a posteriori de esos debates, el papel de la Naturaleza: primero, con las inundaciones que a lo largo de la primavera que afectaron a la vez a varias autonomías, tanto para la búsqueda de medios -la unidad militar- como para la fijación de recursos. Segundo, con la plaga de incendios en el verano de 2009. Fuesen en Canarias o en Soria. (He visto que la unidad móvil adjudicada a mi pequeña ciudad de Daroca, Zaragoza, en principio adscrita a la defensa de su pinar, desde hace cien años, se ha movilizado, y así lo he visto en los periódicos, ante numerosos incendios en diversas Comunidades). ¿Qué sucede ahora con la pandemia de la gripe A, que se ha visto que tiene que orientarse y experimentarse a través de las Comunidades? Y otro tanto está ocurriendo con la tardía llamada del ministro Gabilondo, que ahora clama por un pacto escolar, y no solamente por la formación profesional, o la epidemia, sino para reequilibrar todo el sistema educativo español, en su fracaso generalizado por haber sido traspasadas las competencias plenas del Estado a las autonomías.
La Naturaleza nos deja su verdadero sitio. Desgraciadamente, no pocos políticos no quieren perder el suyo. Y así nos va. De momento, la Naturaleza está poniendo las cosas en su lugar. Y contra la Naturaleza, no se puede ir, antes de perder la conciencia de esa visión solidaria, global y creadora en la unidad de los pueblos de España.
* Jurista. Académico
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