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Cartas al director

24/oct/09 07:38
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Yo tenía una casa y una huerta

en Tacoronte

"Yo tenía una finca en África, al pie de las colinas de Ngong...". Hermoso comienzo del libro "Memorias de África", de Karen Blixen. Hermoso y triste, como lo que tal vez tenga yo que decir algún día: "Yo tenía una casa y una huerta en Tacoronte, al borde del barranco de Santa Catalina. Era una casa antigua, con pisos de tea. En sus patios, jardines y huertas, crecí.

En verano, comía higos picos, ciruelas y peras. En invierno, naranjas y guayabos. El moral, derrumbado por un temporal siendo muy pequeña, se negó a morir y crecía paralelo a la tierra, permitiéndonos escalar su corteza, ruda y áspera. El zapotero que había plantado mi abuelo nos asustaba con sus ramas frágiles y frutos intempestivos. Los aguacateros, rodeados por muretes decorados por mi padre con conchas, hallazgos de cerámica y trocitos de tejas, hablaban de dedicación, paciencia y serenidad. Jugábamos con la tierra, en los árboles, dábamos de comer a las gallinas, acariciábamos a los tiernos conejillos o nos escondíamos debajo de la higuera. Cruzábamos el barranco, recorriéndolo durante un trecho, para descubrir chabocos y piedras abrillantadas por el agua. Cuando llovía de cumbre, la emoción nos llevaba a contemplar el agua, turbia y poderosa, que bajaba rumbo al mar, mientras mis madre nos mantenía alejados de aquel río repentino".

Puede que algún día me vea obligada a rememorar mi vida, para no dejar en el olvido lo que fue una parte de Tacoronte, campiña tan alabada desde siglos y que ahora se quiere liquidar el PGOU.

Porque este Plan no pretende otra cosa: asesinar vilmente un trozo de la vida y la historia de cientos de familias que "somos" gracias a la tierra donde nacimos y crecimos. La tierra que se quiere edificar a toda costa, en pos de una imagen que Tacoronte no necesita.

Un Plan que desprecia nuestras propiedades, nuestras ilusiones, que arrasa con casas, huertas familiares, campos de cultivo... con el objetivo de dejar atrás la sugerente palabra "pueblo", dejando que se adelante la de "ciudad".

Por eso, por la posibilidad injusta y demencial de que Tacoronte se convierta en una ciudad más, redacto estas líneas, porque quiero seguir diciendo: "Tengo una casa en Tacoronte, al borde del barranco de Guayonje. Y en la huerta, entre flores y frutas, tomates y lechugas, se me llenan las manos de tierra. Pero es mi tierra, la tierra que heredé, con la que jugué, la que me ha acompañado hasta ahora".

Y por todo esto y por mucho más sigo escribiendo. Por las casas que caerán bajo las palas, inútilmente, llevándose los recuerdos y la vida de tantas familias. Por las huertas centenarias con surcos labrados por los tacoronteros de siempre. Por las calles y rotondas que asesinarán la tierra fértil de nuestro pueblo. Por los parques que ya tenemos, pues Tacoronte es aún un espacio verde entre el mar y las montañas. Por los barrancos milenarios que han discurrido naturalmente, entre el respeto y la admiración. Por los ancianos que no se sentarán en el patio a ver corretear sus perros en la huerta. Por los niños que no sabrán subirse a un árbol.

Así que sigo escribiendo, mientras las hienas nos observan, dispuestas a devorarnos.

María Virginia González Dorta

(Tacoronte)

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