ME PREGUNTO qué hace CC, a estas alturas, diciendo que no se fía del Gobierno central en el asunto de los Presupuestos Generales del Estado. Considera su portavoz en el Congreso de los Diputados, Ana Oramas, que pese a ser buenos para las Islas, habrá que vigilar al Ejecutivo de Zapatero durante su tramitación parlamentaria. ¿Está Ana Oramas en pleno uso de sus facultades mentales, al menos de esas facultades del intelecto que toda política y político deben poseer para defender los intereses de sus electores? Lo dudo. Lo dudo esencialmente porque ayer mismo tanto ella como su compañero de partido y vecino de escaño, José Luis Perestelo, votaron en contra de la enmienda a la totalidad presentada por el PP contra este proyecto de ley que administrará los dineros públicos durante el año 2010. Como estaba previsto, a Zapatero le bastaron los votos de los nacionalistas canarios, así como los seis del PNV, para superar este escollo. Una batalla ganada por el presidente, no cabe duda, pero un paso más hacia el descalabro económico de un país que está sufriendo la crisis -también eso era previsible- más que ningún otro. Todo sea porque doña Ana, como bien dicen los editoriales de este periódico, pueda jugar a la política pura.
De nuevo, una de las minorías del Congreso tenía la llave para que Zapatero sufriera un serio revés. Una derrota que le hubiera obligado a pactar las cuentas públicas de otra forma. ¿Cuánto ha conseguido CC para estas Islas a cambio de esos dos votos de oro? No lo sé; me mareo con las cifras y los epígrafes que maneja el nacionalismo vernáculo. Tan sólo confío, por el bien de los dos millones largos de personas que viven sobre estos peñascos atlánticos, que haya sido algo más que las promesas infantiles del Plan Canarias. Un plan quimérico en el que alguno, y no sólo Oramas y Perestelo, sigue creyendo. Allá cada cual con sus ingenuidades. Un plan que le proporciona a Zapatero un plazo de diez años para cumplir o incumplir. ¿Me puede decir alguien a quién le rendirá cuentas el hombre del talante dentro de una década sobre los acuerdos que un lejano día, por un mero asunto de trueque político, adoptó un Consejo de Ministros celebrado en Las Palmas? Esto es peor que creer en los Reyes Magos.
Cabe preguntarse, igualmente, qué hace el PP. Empezando por el PP de Canarias, el de José Manuel Soria, sumisamente callado con el argumento de que una cosa son los acuerdos para gobernar aquí y otra distinta la postura del partido en el ámbito nacional. Un partido, según han explicado sus dirigentes hasta el cansancio, que vota de forma unida aquello que considera bueno para España y, en consecuencia, para cada una de sus regiones. ¿Es Canarias la excepción? Convendría que lo explicasen, pues de lo contrario cabría pensar que no yerran quienes afirman que en el recíproco cautiverio de Paulino Rivero y José Manuel Soria es Paulino quien marca la pauta. Al menos la pauta de con quien hay que entenderse en cada momento, le pese a quien le pese. Aunque, para qué engañarnos, pactar con quien le conviene, cuando le conviene, como le conviene y con total menoscabo para los intereses de los socios es lo que ha hecho siempre el nacionalismo oficial de Canarias.
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