QUE NADIE se llame a engaños. Ni miremos para otro lado cuando salte a los medios de comunicación otro nuevo caso de corrupción urbanística. De hecho, todos sabíamos que, tarde o temprano, aquel político que de la noche a la mañana adquiría una casa más grande, un coche más potente o un apartamento en una zona exclusiva estaba "pringado". Y sabemos quiénes son, estén bajo el ojo de la justicia o a punto de ser descubiertos. Hasta tal punto ha sido cómplice nuestro silencio que algunos seríamos testigos de cargo por haber incluso admirado a estos delincuentes -da igual de qué partido- que se volvieron ricos. Y es que subyace una máxima capitalista en nuestra educación por la cual si engañas y no te cojen, te conviertes en un héroe. Claro que sólo es corrupto aquel que puede, quien está en el lugar adecuado, en el momento preciso y dispone del poder necesario como para cambiar las calificaciones y otorgar licencias, aunque con ello esté hipotecando también el futuro de los suyos. A este tipo de gente le da igual lo que suceda mañana. Y mientras los trabajadores y empresarios sufragamos sus tropelías urbanísticas, aderezadas siempre con sustanciosas cantidades de dinero, ellos se muestran compungidos y algunos retoman la autarquía para afirmar que todo lo han hecho por el pueblo (pero sin el pueblo).
Al final habrá que concluir que la época del ladrillo y su fantasía, en la que han participado gobiernos de derechas y de izquierdas, sólo nos ha traído esta pestilencia donde el dinero y los favores todo lo han podido. ¿Cómo le explicarán en la escuela a nuestros descendientes esta etapa en la que la corrupción se ha extendido por toda la geografía? Tal vez por ello los planes de ordenación urbana de muchos municipios siguen apalancados.
(*) Redactor jefe de EL DÍA
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