SUPONGO que a estas alturas -lo he dicho en más de una ocasión- no merece la pena sorprenderse por nada. Quedan muy pocas situaciones por estos alrededores susceptibles de causar asombro. Cierta curiosidad sí que sigo sintiendo. Por ejemplo, la que me suscita ver a dos alcaldes de Tenerife peleándose porque el tren del Norte de esta isla no va a tener parada en el municipio que preside uno de ellos, y sí en el otro. Para que no falte el ingrediente político, insinúa el alcalde de La Victoria que el tren no parará en esta localidad porque él milita en el PSOE, mientras que el primer edil de Santa Úrsula, pueblo que al parecer sí será agraciado con una estación ferroviaria, pertenece a CC.
Esto me suena al cuento de la lechera. Dicho con todos los respetos para las lecheras, por supuesto. Pero hombres de Dios, de la Virgen y de todos los santos: si todavía no está claro que se vaya a construir el tren del Sur, que es previo al del Norte. No está claro, pese a lo mucho que insiste en ello el presidente del Cabildo tinerfeño, porque primero hay que pedirles permiso a los ecologistas. Estoy seguro que si la Corporación insular hubiese decidido ampliar la autopista del Sur para potenciar el uso de la guagua, en vez del tren, como medio fundamental de transporte terrestre, los ecologistas hubieran dicho que eso es una barbaridad. Como Ricardo Melchior y los consejeros del Cabildo que encabeza eligieron el tren, además con buen criterio, a los defensores del planeta les ha faltado tiempo para denunciar a esta institución por falta de competencias ferroviarias; o algo así. Lo esencial es entorpecer primero el proyecto y luego la obra, como ha ocurrido y sigue ocurriendo con el puerto de Granadilla.
Ya que estamos con los trenes, no menos curioso resulta que las denuncias de estos paladines de la naturaleza sólo se centren en Tenerife. El tren de Las Palmas no altera el medio; qué casualidad. Y ello a pesar de que el proyectado ferrocarril para esa isla obliga a expropiar más de un millón y medio de metros de suelo, la mayor parte rústico. Concurre, por añadidura, el dispendio que supone construir bajo tierra una longitud considerable del recorrido, incluido el tramo entre la plaza de Santa Catalina y Jinámar, y el que discurre junto al aeropuerto de Gando. Sin embargo, allí no hay atentados ambientales, ni derroche del erario ni nada que sea digno no ya de una denuncia en los juzgados -los juzgados están muy concurridos hoy en día por los más diversos y coloridos motivos-, sino de una simple protesta pública. Y si las hay, que las ha habido, se han producido con la boca pequeña para no armar demasiada batahola, no sea que en Madrid se agarren a un clavo ardiendo y no les apoquinen los 1.360 millones que cuesta el juguete; de momento. Eso sí, parece que al final no va a ser un tren de alta velocidad, como alardeaba Román, sino uno de cercanías.
En definitiva, harían bien los alcaldes de La Victoria y Santa Úrsula en aparcar sus diferencias, cogerse de la mano e ir juntos a Las Palmas -a la capitá- para solicitar las preceptivas venias de los que mandan. De pelearse entre ellos por una parada más o menos ya tendrán tiempo.
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