P OR LA NOCHE, si es que no llego extenuado a casa, me agrada preparar con tranquilidad el descanso nocturno. Tras el parte familiar de rigor, y a medida que hay retirada, un servidor se aplica a menesteres más bien humildes, sosos si se quiere.
La lectura de una novela, un poco de historia de la cocina -hasta un "gongo" de un compañero dejado a posta para la noche-, van recreando la situación óptima para, como se dice, caer tieso en los brazos de Morfeo -en mi caso preferería que fuese Morfea, claro-. Un poco de música. Bajita. Me gusta todo, pero para cerrar los ojos y viajar hacia el estado REM no está mal un poco de jazz, de música clásica o de chill-out.
Así, entre sábanas, cuando uno está ya más calladito y dormidito que un "tusito", entonces sobreviene este amigacho pesado, cansino, incansable que es el insomnio.
Sobre las dos de la madrugada, quedan los ojos como catalufas y las convicciones como asfalto derretido.
En busca de la modorra, uno piensa en la noche. A mí me da por preguntarme cómo será el ruido que hace la tierra, el inmenso globo terráqueo en su avance por el espacio: ¿será ruido de terremoto, grave, tipo grrrrrrrrrgrrr o sin la g, rrrrrrrrrrrrrr? ¿Será tipo bergantín, con esos ruidos característicos de los aparejos y las velas? ¿O de repente, en plan gracia, ese ruido es sólo como un acúfeno, así como el zumbido cuando nos entra agua en el oído?
Es en esas cuando de verdad llega el ruido. El de la tele o la radio, a alto volumen. El vecino. El de siempre. El que no respeta. El vecino que mortifica a los demás con sus ruidos, con su tele alta. A las dos de la madrugada -¿para qué existen los auriculares?-. Yo me digo eso de que "paren el mundo, que me bajo",... A dormir a Marte.
(*) Jefe de sección de EL DÍA
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