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JOSÉ Mª SEGOVIA

Mi tío Juan Vicente

18/oct/09 07:43
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MI TÍO JUAN VICENTE estaba casado con mi tía Adela, la hermana mayor de mi madre y la mayor también de un conjunto de ocho hermanos, cuatro varones y cuatro hembras. Vivíamos en dos casas contiguas, iguales y de dos pisos, que formaban con dos de más arriba y cuatro de enfrente, un conjunto homogéneo de ocho viviendas en una calle del barrio de Salamanca, perpendicular a la Rambla. Estrenamos esas casas cuando se construyeron y nunca me olvidaré de aquellos cuartos de techos altísimos, con una escalera empinada por la que un día se cayó rodando mi hermano Paquito cuando debía tener tres o cuatro años, mientras mi padre lo veía desde el comedor sin poder hacer nada sino mirar asustado lo que le sucedía a su pequeño y llorar luego cuando al llegar abajo resultó que no tenía nada. Creo que fue la primera vez que vi llorar a mi padre; la segunda, cuando murió mi madre.

Mi tío Juan Vicente era alto, fuerte y calzaba zapatos con botines. Tenía en su casa un despachito según se entraba a mano izquierda y en la puerta de dentro, es decir, no la del portal sino la de la casa, había una plaquita esmaltada en blanco con unas letras en negro donde venía su nombre y debajo Procurador de los Tribunales, que nunca supe lo que era porque no lo pregunté ni nadie me lo explicó. Jamás lo vi sentado en su despacho, por lo que el tal trabajo debía tenerlo fuera. Y enfrente, o sea según se entraba en la casa, a la derecha, estaba la salita donde había algo que nos asombraba a sus sobrinos: un mueble fonógrafo, con su beo pa' darle cuerda, su parte central que al abrirse las dos puertas dejaba ver la zona de los altavoces, mientras que a los lados había otros dos compartimentos donde se guardaban los discos en sus fundas para que no se rayasen, discos negros de bakelita que, si se te caían, se rompían. Por eso yo no me atrevía a poner los discos de óperas que le gustaban mucho a mi tío y me limitaba a unos de chistes de gitanos y andaluces que ponía una y otra vez los días que no teníamos colegio o en vacaciones. Con mi tío Juan Vicente tuve dos primeras experiencias muy importantes, la primera, cuando fui con ellos dos de veraneo a La Laguna, en una calle paralela a la de Herradores, casa terrera y que en el tejado tenía "beroles" (yo los llamo así, aunque parece que su nombre es "berodes"). No sé por qué, pero a partir de entonces mi tío me llamaba "chacarona". La segunda fue un viaje en barco a Las Palmas, porque a mi tía Emelina la operaba, nunca supe de qué, el doctor Ponce y allá se fue mi tío Juan Vicente de acompañante y me llevó con él. Muy importante era mi tío Juan Vicente para un muchacho de 7 u 8 años porque, además, en aquella casa tenían teléfono, aunque no lo usé jamás. Pero no así mi padre, y cuando alguien llamaba allí preguntando por él, ya se sabía, si sonaba en la cocina de casa unos golpes era porque Leonor, la cocinera de los tíos, nos avisaba así de una llamada para mi padre. ¡Pues, claro, que era importante mi tío Juan Vicente! Que además debía tener dotes de artista, pues cada año cuando llegaba el 25 de julio, nos recitaba una historia de aquel glorioso día en forma grandilocuente que empezaba así. "Amanecía el veinticinco de julio...". Y se inventaba cosas, y así nos hacía creer que había figuras pintadas en el techo de su casa, que aparecían y desaparecían y aunque yo y alguna hermana no nos lo creíamos, mi hermana mayor, a la que mi tío llamaba Petrus, tampoco supe nunca por qué, sí se lo creía.

Pero la importancia de mi tío aumentó de forma notable cuando el Movimiento del 18 de Julio del 36. Empezó a correr el rumor de que el buque de guerra "Méndez Núñez", que debía andar por Fernando Pó, en Guinea, había recibido órdenes de volver a la Península a incorporarse a la zona roja y, como debía pasar cerca de las islas, se corrió que iba a bombardear Santa Cruz. No sé si ese fue el motivo o no, pero el hecho fue que se creó una unidad llamada Acción Ciudadana, formada por personas mayores que no iban a la guerra, pero que se movilizaron y prestaban servicio de vigilancia en paseos nocturnos por toda la ciudad. No sé si se creó también en otras localidades de la isla o de las otras, pero en la de Santa Cruz se apuntaron mi padre y mi tío, y les dieron unos monos azules y un gorro como el de los soldados y un fusil. Al menos a mi padre le dieron uno y allí aprendí a montarlo y desmontarlo, aunque nunca vi una bala, que supongo tendría mi padre escondidas en algún sitio de la casa, o sólo se las daban al ir de servicio, quién sabe. Aunque la verdad, no me parecía muy airosa la figura de mi tío vestido de miliciano. La guerra me cogió con quince años y ya empezaba yo a saber hacer cosas, y así mi tío me contrató para ponerle unas luces en el cobertizo del jardín de la casa (donde tenían un camaleón, único ejemplar que he visto) y allí me desenvolví como pude y le puse nada menos que una instalación con su cable, sus tres bombillas y su interruptor, con lo cual me gané mis primeras perras que me supieron a gloria. El tío Juan Vicente tenía un hijo que estaba en la guerra y, quizás por eso, algunas tardes nos íbamos los dos a un bar de la Rambla. Se llamaba El Portón de Oro, y allí el se tomaba su cerveza con tapas sentado en un sillón de mimbre y yo mi vaso de Orange Crush con lo que cayese. Era yo ya todo un hombrecito. En aquellos años de guerra y de incertidumbres de todo tipo, las noticias eran de vital importancia. En mi casa no teníamos radio, pero sí el tío Juan Vicente, y en época de vacaciones me pasaba las horas muertas oyendo la radio con sus noticias.

Pero la vida le cambió después de la guerra. Allá por el año 41, estando yo en una pensión en la calle madrileña del Prado me llama alguien por teléfono, no sé si de Canarias o de Madrid, ya no me acuerdo, para decirme que al tío Juan Vicente lo habían detenido por masón, que había llegado a Madrid y que estaba detenido en una comisaría en el Palacio de las Cortes de la calle San Jerónimo, entrada por Fernanfloe, y que fuese a verlo, lo que hice con la natural angustia y sorpresa y hasta temor. Fue una visita corta de sólo unos pocos minutos, porque ese día mismo lo iban a trasladar a lo que se llamaba la Cárcel Porlier, donde con anterioridad había habido una "checa" de los rojos de la que sacaban a la gente para matarla en Paracuellos, situada en el Colegio de los Escolapios, que ocupaba casi la totalidad de la manzana entre las calles Padilla, Torrijos, Lista y General Porlier, de ahí el nombre de la prisión. Y allí fui a verlo un buen día y me acuerdo de que le llevé dátiles y nueces que me habían enviado de casa para él y que le agradó mucho, tanto la visita como lo que le llevaba. Seguía tan erguido y fuerte, pero le había desaparecido aquella alegría de siempre. Me enteré luego, al cabo del tiempo, que el Tribunal de Represión de la Masonería lo había juzgado y había sido condenado a prisión en Burgos, donde pasó unos pocos años. Recuerdo que en casa se comentaba que, en efecto, se había afiliado a la masonería en Santa Cruz como mucha otra gente, pero como no estuvo conforme con los ritos que se hacían y con alguna cosa más, se dio de baja, aunque debió quedar su expediente en alguna parte y lo enchironaron. Igual por alguna delación a la que los humanos somos tan proclives.

Estando yo ya en la Escuela de Ingeniería lo pusieron en libertad y volvió a su casa de Santa Cruz, y me acuerdo que en uno de los veranos que fui en vacaciones le compré en Madrid un libro sobre la vida de don Alejandro Lerroux, porque él había pertenecido al partido de don Alejandro que me parece que era el Radical-Republicano. Fue testigo de mi boda y en ese año falleció, diez después de mi tía Adela, como también han fallecido sin descendencia sus hijos Luis, abogado y funcionario de la Junta de Obras del Puerto, y Antoñita, jefa de Coros y Danzas de la Sección Femenina de Tenerife. ¡Mi inolvidable y muy querido tío Juan Vicente!

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