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EDITORIAL

Una colonia frente a una nación

18/oct/09 07:43
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POR TERCERA vez citamos a un archipiélago dignísimo que, por el hecho de ser nación, está por encima de Canarias. Porque Canarias, a pesar de los esfuerzos de don Paulino Rivero, presidente del Gobierno autonómico, para que estas Islas salgan adelante, continúa siendo un territorio arruinado por seis siglos de explotación española. Somos un país colonizado por España y ahora también por todos los países europeos. A ver con qué cara nos presentamos en Europa, alegando lo que sea, cuando los habitantes del Viejo Continente saben que somos ultraperiféricos, macaronésicos, antillanos, polinesios y hasta piratas de los mares del Sur. Somos de todo salvo lo que debemos ser porque es lo que nos corresponde ser: canarios de la nación canaria.

QUÉ DESCONSUELO, decíamos en nuestro comentario de ayer, cuando pensamos en los dignísimos habitantes de un país no menos digno como es Cabo Verde. Una nación que trata de sacar su economía adelante y poco a poco lo va consiguiendo porque, a diferencia de nosotros, no está sujeta a los caprichos de una metrópoli situada en otro continente. ¿No se dan cuenta de esto nuestros políticos, de forma especial los que se autoproclaman nacionalistas? ¿Es que sólo piensan en sus sueldos, sus coches oficiales, sus poltronas y sus prebendas?

Sabemos, y eso también lo decíamos ayer, que algunos desprecian a los habitantes de Cabo Verde por ser personas de color. Nosotros, no. Algún grupo ecologista todavía distingue entre piel, raza, xenofobia y sentido fraterno entre las personas, lo cual les lleva a formular denuncias que la mayoría de las veces no atienden los tribunales. Denuncias odiosas, malintencionadas y despreciables, dirigidas casi siempre por determinado partido político, además de inhumanas en el peor sentido de la expresión. Y, por supuesto, nada cristianas; esta última es su peor faceta.

¡Cabo Verde, una nación! ¡Canarias, una colonia! Además, una colonia con dos vertientes: posesión colonial española y ultraperiférica de todos los países de la Unión Europea. Hemos llegado a lo último que podíamos llegar. Ya no podemos caer más bajo. Y, por si fuera poco, nos niegan el saludo altivamente. Nos desprecian en público por querer la libertad de nuestra tierra. ¡Qué bochorno! Personas a las que siempre hemos tratado bien; incluso a las que siempre hemos visto con admiración.

Y NO sólo esto. Desde hace tiempo, un grupo de opinión canarión "grancanario" -creemos que se hace llamar Tamarán; uno de los nombres de la tercera isla- viene "predicando" la conveniencia de que se constituya una segunda comunidad autónoma limitada a una sola isla: Canaria. Pues qué bien. Muerto el perro se acabó la rabia. Si ya en 1927 pidieron la división provincial del Archipiélago para que Tenerife perdiera la capital única de todas las islas -que es lo que le correspondía y le corresponde tener por su importancia-, quizás ahora estos señores consigan su propia autonomía. Al menos no piden esos señores la reunificación de todo el Archipiélago en una sola provincia, con la capital única en Las Palmas. Nada objetamos frente a sus deseos de mantenerse fieles al país que los coloniza, con sus canes lamiendo la corona de Castilla. No vemos mal que procedan así. Después de todo, en el archipiélago de las Comoras existe la isla Mayotte que permanece unida colonialmente a Francia, mientras las otras forman un país independiente. Poco tendría de extraño que esta situación se diese también en Canarias, si la isla tercera, que al igual que Mayotte no es la más grande, decida continuar sojuzgada por la Metrópoli que nos domina. Tan sólo deben permitir los canariones "grancanarios" que las otras seis islas elijan su destino, que no es otro que el de la independencia, pues eso es lo que quieren la mayoría de los isleños y lo que ha dispuesto el Comité de Descolonización de los Pueblos de las Naciones Unidas.

SOBRE este asunto pensamos que la unidad del independentismo canario es tan importe como la unión de las Islas tras la independencia, aunque con la tercera es imposible contar, pues Las Palmas sigue empeñada en ejercer su hegemonía sobre las demás. Por supuesto, hablamos de partidos independentistas, pues el nacionalismo es un bluf alimentado por unos cuantos bolsilleros políticos. El día que haya independencia, unión para la independencia o independencia para la unión, la capital de Canarias volverá a ser única y estará en Tenerife, que es donde le corresponde, como estaba hasta 1927, por ser la mayor y más poblada. Y no sólo la capital; también habrá que reintegrarle a Tenerife todo lo que ha rapiñado Las Palmas durante más de un siglo: la sede de numerosas empresas públicas y privadas, los consulados, etcétera. Todo, absolutamente todo, tiene que volver a la mayor y principal de las islas. Dentro del nuevo país canario independiente, cada isla tendrá su cabildo y sus municipios. Hasta el Roque Nublo tiene que dejar de compararse con el Teide. La desvergüenza de los canariones llega a tanto que son capaces de equiparar una pulga a un coloso.

Establecida una estructura insular dentro de Canarias, cada una de las islas organizará, por ejemplo, sus propias promociones turísticas y recabará del nuevo Gobierno independiente las ayudas que le correspondan en virtud de sus necesidades y del número de habitantes. De esa forma el turismo no seguirá acudiendo engañado a la tercera isla, como ocurre en la actualidad, a causa del falso "gran" y el embuste de que Las Palmas posee el mejor clima del mundo, cuando en realidad la mayor parte del año permanece bajo una triste panza de burro. Carece Canaria de los frondosos bosques de Tenerife que el turista puede encontrar en Las Mercedes, la Esperanza, Anaga, Vilaflor, Icod y otros núcleos. Lo que abunda en la isla tercera son los secarrales. Canaria nunca ha tenido agua, salvo algunas fuentes minerales cuya calidad no discutimos, hasta la implantación de las potabilizadoras.

La hegemonía de Las Palmas es insoportable. Casi tanto como la esclavitud colonial a que nos somete la Metrópoli. Por eso no nos queda más remedio que decir ¡canario, rebélate, pacíficamente, pero hazlo, contra la ultraperificidad y la colonización! No consientas seguir siendo ciudadano de tercera o de cuarta categoría. No te consideres español porque no lo eres. Los peninsulares se ríen de nosotros a nuestras espaldas cuando decimos que somos españoles. Lo peor es que ahora ni siquiera tenemos esa consideración, sino la de ultraperiféricos. Canarias, un importante enclave entre tres continentes, reducida a ser no ya la periferia, sino la ultraperiferia de Europa. ¿Se ha visto alguna vez mayor ignominia? ¡Canario pide, mejor exige, ser habitante de tu propia nación!

Y ACABAMOS. Hoy publicamos una sentencia pese a que no estamos obligados a hacerlo mientras no sea firme. Es una sentencia que condena a nuestro columnista Ricardo Peytaví y a EL DÍA a indemnizar a un periodista por una intromisión en su honor. Como siempre, acatamos y respetamos las decisiones judiciales, aunque en este caso no estamos de acuerdo con dicha sentencia, porque en ningún momento del artículo de Ricardo Peytaví se hace mención expresa de la persona que nos ha demandado, es decir, no se dice, según observará el lector, de quién se trata. Por eso vamos a recurrir esta condena que aún no es firme. Consideramos que no hemos invadido el honor de nadie, porque -repetimos- a nadie ha citado Ricardo Peytaví en el artículo objeto de polémica. Allá cada cual si se siente aludido. Cada uno sabrá lo que hace y por qué lo hace. En cualquier caso, insistimos, acatamos la sentencia. Si una vez recurrida los jueces nos dan la razón, nos alegraremos por ello. Y en caso contrario, afrontaremos lo que decidan los tribunales. Como hacemos siempre. Tan sólo nos gustaría que ese periódico en el que escribe quien ha denunciado a Ricardo Peytaví y a EL DÍA, y en el que se han vertido severas y gravísimas descalificaciones contra nuestra línea editorial y contra el editor, José Rodríguez, publicase no sólo las sentencias que aún no son firmes, sino también aquellas que ya lo son y que condenan a uno de sus columnistas por injurias al editor y director de EL DÍA. Eso sería lo justo y lo correcto. Sin embargo, lo hemos callado por ética profesional. Otro día hablaremos de los periodistas perjuros.

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