LA PALABRA "tinte" posee varias acepciones. Ante todo designa la acción y efecto de teñir, pero también el color con que se tiñe algo, así como la casa, tienda o paraje donde se tiñen telas, ropas y otras cosas, desde botines hasta cinturones pero no el pelo, pues los tratamientos capilares son propios de las peluquerías. De igual forma, según la enciclopedia Espasa-Calpe, se denomina tinte al artificio mañoso con que se proporciona cierto color a las cosas no materiales o se las desfigura. Acepción que da pie a expresiones tales como "aunque se tiña de canario, no lo es".
Muy vinculado al tinte está el término tintóreo, aplicable tanto a determinadas plantas como a ciertas sustancias colorantes. De forma específica, las plantas tintóreas son aquellas que contienen pigmentos en sus raíces, tallos, cortezas, hojas, flores o frutos. Antiguamente, las únicas aprovechables en la incipiente industria del decorado -o el acicalamiento personal- eran las cultivadas en Europa. Además de tener un rendimiento pobre, sus colores resultaban poco brillantes. Quizá de ahí las apetencias por los tintes colorados de algunos individuos procedentes de esa parte del Viejo Continente que no se sabe bien si realmente está en Europa o pertenece a África, pues siempre se ha dicho, no sin demasiado error, que Europa acaba en los Pirineos. En la actualidad, las mencionadas plantas tintóreas se cultivan mayoritariamente en los países cálidos, si bien la industria del tejido y la cosmética las ha ido reemplazando por sustancias sintéticas. Una sustitución que padeció en su momento la economía canaria, cuando la cochinilla dejó de ser necesaria para fabricar colorantes.
Aunque ha sido la mencionada industria textil la que ha usado los tintes con más profusión, también cabe destacar su importancia en la peluquería. Un estudio indica que un setenta por ciento de las mujeres españolas se tiñen el cabello. El uso entre la población masculina es menor, aunque siempre ha tenido adeptos. Y más que nunca en este tiempo, cuando la apariencia corporal se ha convertido en un asunto muy importante.
Los tintes son de varios tipos. Los permanentes mantienen la coloración artificial durante varios días salvo en las raíces, donde el ardid queda en evidencia al poco tiempo debido al crecimiento del pelo. También los hay temporales, que decaen a los pocos días tras algunos lavados, así como otros calificados de extravagantes que proporcionan un color claramente artificial. Verbigracia, azul, naranja, verde, etcétera, todos ellos con un tono chillón o directamente chabacano, pero también el rojo con matices caoba.
Teñirse la cabellera siempre se ha considerado, como señalaba antes, una vanidad de las mujeres, pero lo cierto es que hoy en día muchos hombres recurren a esta técnica para conseguir un aspecto más juvenil. Los productos preferidos por el sector masculino son los que aportan pigmentación a la melena de manera gradual. No obstante, hay hombres a los que les apasionan los cambios bruscos y se tiñen de rubio, pelirrojo o negro, en un intento de atraer las miradas de las féminas; o de sus propios congéneres masculinos, pues eso ya no está mal visto.
No obstante, y pese a estas ventajas manifiestas del teñido, se ha observado algún que otro caso de paranoia o manía persecutoria potencialmente atribuible al uso de productos baratos, sobre todo los que proporcionan una apariencia semejante a la que tienen los ratones de rabo colorado. Podría ser -el asunto se está estudiando- que ciertas sustancias tintóreas consigan filtrarse a través del cuero cabelludo, alcancen el torrente sanguíneo, se salten la barrera hematoencefálica y provoquen determinadas patologías psiquiátricas como las ya señaladas. Sea como fuese, parece que se trata de algún que otro caso aislado pues, salvo contados episodios de alergias, tras milenios de uso continuado de tintes capilares jamás se había observado ninguna anomalía. Para mayor seguridad en el asunto, la Comisión Europea ha prohibido la utilización de 22 sustancias en la elaboración de estos tintes. En consecuencia, ese episodio de reacción rara se debe a que, a lo peor, el sujeto en cuestión entró en una tienda barata, compró lo primero que vio y se hizo un arreglo casero de nefastas consecuencias no sólo estéticas sino también neuronales.
Al igual que el tinte, el jabón cuenta con una historia demasiado larga para al menos esbozarla en este artículo. Sólo diré, como mera curiosidad, que tras la expulsión de los moriscos, muchos habitantes de la Península ibérica dejaron de bañarse porque el aseo diario era propio de los árabes, y todo lo que los asemejara a ellos podía convertirlos en reos de la Inquisición. Una práctica afortunadamente superada, salvo por escasos individuos que persisten en ella debido no a motivos culturales o religiosos, lo cual sería respetable, sino porque se han acostumbrado tanto a su propia pestilencia, que si un día se bañaran como es debido con un jabón perfumado, tendrían la sensación de dar mal olor.
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