A LA ENTRADA de los túneles de Güímar, cuando uno circulaba por la autopista del Sur de Tenerife hacia Playa de las Américas, veía hace muchos años una placa que homenajeaba a los camioneros por su gentileza y buenas maneras en la carretera; en definitiva, por su amabilidad con los demás conductores, a los que les cedían el paso y les facilitaban las tareas de adelantamiento. Entonces dicha autopista sólo contaba con dos carriles por sentido en el tramo comprendido entre Santa Cruz y Santa María del Mar; el resto era una autovía por la que se transitaba incluso con más prontitud que por la actual, ya desdoblada por completo, esencialmente porque el tráfico era muchísimo menor. Ignoro si esa placa sigue estando allí. Ahora hay que conducir muy atento y sin un segundo libre para apreciar detalles, salvo que el osado quiera morir bajo las ruedas de un vehículo pesado; sobra decir que aquella amabilidad de los camioneros, que existía de verdad, hace tiempo que desapareció. El caso es que una vez le pregunté a mi padre la razón de aquella mención honorífica a los profesionales del volante. Mera curiosidad de pibe aún con pantalón corto, por supuesto. "Para obligarlos a que se porten bien", me respondió. Y es que un galardón premia, eso es indudable, pero también condiciona de forma positiva la conducta futura de quien lo recibe.
De todos los titulares que leí en la prensa de ayer sobre la concesión del Premio Nobel al presidente de Estados Unidos, me quedo con el publicado por EL DÍA: "Obama recibe el Nobel de la Paz por lo que debe hacer, no por lo que ha hecho". Esa es una realidad. La otra acaso sea la necesidad imperiosa de consolidar un líder mundial con carisma, quizá al estilo de Kennedy. Y una más, si me apuran, sería la no menos perentoria urgencia de prestigiar un galardón -el propio Premio Nobel- que nadie discute en su faceta científica, eso es evidente, pero que ha dejado una estela con bastantes borrones a la hora de reconocer los méritos literarios y las gestiones a favor de la paz. ¿Será laureado alguna vez con él, por ejemplo, el escritor Mario Vargas Llosa? Difícilmente. ¿Y por qué? ¿Porque su obra carece de calidad literaria? En absoluto. "Conversación en la catedral", sin ir más lejos, es de lo mejor que se ha publicado en español a lo largo de todo el siglo XX. El estigma de Vargas Llosa ante la Academia sueca es otro: sencillamente, no es un pensador de izquierdas. El hecho de que este escritor peruano, hoy también con nacionalidad española, haya introducido un estilo propio en las letras universales cuenta poco. Otros con menos méritos que él, e internacionalmente menos conocidos, sí han recibido esta distinción. Omito nombres para no ofender.
Obama puede hacer mucho por la paz mundial. Eso está en las manos de cualquier presidente de Estados Unidos. Un solo portaaviones de la clase Nimitz supera en poderío aéreo a muchos países desarrollados; España, por ejemplo. Sobra añadir que el gasto norteamericano en "defensa" también está por encima del presupuesto total de muchos estados. En consecuencia, insisto en ello, basta un gesto de Obama -que también es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas gringas- para que se apacigüe o se incremente la belicosidad planetaria. Una combatividad, la verdad sea dicha, que sigue vigente en Irak pese a que el actual presidente ha anunciado una retirada en 2011 -ya veremos- y también en Afganistán; un conflicto en el que han muerto hasta ahora 90 militares españoles, y del que Obama no tiene, al menos de momento, ninguna intención de retirarse. Al contrario: sigue exigiéndoles más efectivos a sus aliados. Por añadidura, tampoco en Oriente Próximo están las cosas mejor desde que él se instaló en la Casa Blanca.
¿Necesita el mundo ese líder de izquierdas antes mencionado? Indudablemente que sí, lo reitero, por una mera cuestión de ilusionar al planeta. Sobre todo en una época, como la actual, en la que necesitamos muchas esperanzas en el futuro para salir de la hecatombe financiera. Lo malo -para quien tenga que ser esto malo, naturalmente- es que Obama no milita en la izquierda. Ningún presidente del imperio lo ha hecho, con independencia de que sea blanco, negro o piel roja. El Partido Demócrata es una formación netamente de derechas, aunque no tanto como el Republicano. Ilusionémonos, pues nada malo hay en ello, pero sin perder de vista que se trata sólo de eso: una ilusión.
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