Tengo el convencimiento de que tanto a mí como a muchos de ustedes nos gustaría que a nuestras reliquias del pasado o monumentos se les dedicara la atención y el respeto que merecen; sin embargo, todavía en estos tiempos que corren del mal llamado progreso, no pocos de ellos agonizan en silencio en medio de un triste halo de olvido y, lo que es peor, bajo nuestra indiferente y cómplice mirada.
Un ejemplo de lo que comentaba anteriormente podrían ser los numerosos molinos de viento que en otros tiempos adornaban con su típica estampa nuestro paisaje isleño. A las susodichas construcciones les daba vida la fuerza eólica, por eso éstas se solían emplazar en zonas o lugares ventosos. Desde las primeras etapas de la colonización del Archipiélago canario, los molinos siempre estuvieron ligados a la cultura del cereal o en otras palabras, a la molienda del grano, sobre todo para la obtención del delicioso y nutritivo gofio. Quizá sea un poco la toma de conciencia por "lo cultural" lo que ha logrado salvar del abandono a algunos de estos molinos de viento. Aunque en nuestras islas la mayoría de estas centenarias "fábricas de hacer harina" están en un estado lamentable, es decir, en ruinas, hay otras que ya han sido restauradas o por lo menos lo están siendo para que en un futuro vuelvan a lucir su antaño esplendor.
El valioso testimonio de nuestros mayores y la visión de algunas fotos antiguas bastarían para que por unos instantes pudiésemos viajar a un pasado relativamente lejano donde encontrarnos, frente a frente, con cualquiera de aquellos hermosos gigantes de aspas alargadas, y esto, cuando aún sus enormes telas blancas batían el viento, esparciendo al mismo tiempo en el aire, un agradable aroma a gofio.
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