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El encantador de serpientes

11/oct/09 07:33
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Ana Oramas y Rosa Aguilar son dos claros ejemplos de alcaldesas encantadas por la flauta del poder.

UN brillante periodista de la primera nómina de medios de comunicación que hay en este país, y a pesar de eso amigo, me pidió esta semana que le acompañara una mañana al parque. Cuando le acusé mi extrañeza telefónicamente, me explicó que acababa de ser, junto con más compañeros, devorado por esta crisis y, a falta de mesa en la redacción, realiza sus colaboraciones desde el ordenador portátil en el otoñal parque.

-No te puedes ni imaginar -me dijo- lo que llega a proporcionar ese para nosotros desconocido decorado. Hay un lógico problema que es la falta de espacios para sentarse, ya que más de un millar de parados habituados a levantarse temprano acuden a ese pequeño parque desde las ocho con alguno de los pocos periódicos gratuitos que quedan y se pasan la mañana entera para no estorbar en casa y, dejar que su mujer fría con orujo la monda de las papas como comida.

-Yo, por salud mental, prefiero no acudir -me disculpé-.

-Quiero que vengas -insistió-, he descubierto un banco que es un tesoro y mantiene dos sitios libres, los que nosotros vamos a ocupar hoy.

-¿Y por qué esos espacios están libres?

-En el rincón de la derecha se sienta un anciano con su nieto sobre las rodillas y le cuenta cada día un larguísimo cuento. Por eso nadie se sienta al lado.

-¿Y en el rincón de la izquierda?

-Esa es la maravilla; lo ocupa un preparadísimo demente que en voz alta va transformando cada mañana el relato del abuelo en un jocoso comentario político. No entiendo cómo a nadie se le ha ocurrido realizar con estos personajes auténticos lo que pudiera ser el espacio más visto de la televisión.

-¿Pero y el pobre niño?

-No te preocupes, subconscientemente se está preparando, el día de mañana o será un tipo honrado o un político y llegará a presidente del Gobierno.

Cuando llegamos al parque todos los bancos estaban ocupados por personas tristes que leían o maduraban su fracaso en silencio. Al fondo, el largo asiento que buscábamos tan sólo ocupado por el anciano y el pequeño sobre sus rodillas, con babero y al que con todo primor le estaba dando un yogur como desayuno.

Lo saludamos con el mayor de los respetos y ocupamos los dos lugares a su lado. Unos minutos después apareció el segundo personaje; era un tipo muy peculiar, con larga gabardina y gafas de lentes muy gruesas, llevaba un montón de prensa vieja con papel ya amarillento y sobre la solapa una gran insignia de bandera republicana. Nos saludó, nos dio la mano, nos invitó a levantarnos para darnos un estrecho abrazo y finalmente ocupó, mientras hablaba sólo, el lugar de la izquierda.

El anciano, tras guardar en su cartera babero, cucharilla y envase, le puntualizó al pequeño que ya se predisponía a escuchar: Hoy te voy a contar el cuento de "El encantador de serpientes".

A partir de ese momento, mi compañero periodista y yo tuvimos que actuar como si estuviéramos asistiendo a un campeonato de tenis, cabeza a la derecha, cabeza a la izquierda, y soportando en la garganta la lógica carcajada que pudiera ofender el brillante ingenio del anormal.

-¡Zapatero, Zapatero, ese es el gran encantador de serpientes! -inició su andadura verbal el compañero de la izquierda a voz en grito y sin el menor reparo-.

-Las serpientes son uno de los animales más hermosos por las vestiduras que utiliza -comenzó su cuento el anciano-, pero hay que temerlas mucho porque su mordedura puede llegar a ser mortal. Curiosamente, en este momento en España están agotados todos los viales de antídoto para su cura y sería preciso recurrir a la ayuda exterior para poder salvar a alguien.

-¡Como la crisis! Aquí no tenemos viales que nos salven del veneno socialista y habrá que recurrir al extranjero -añadió el lúcido deficiente-.

-Había una vez en un lejano lugar de la India -continúa su relato el abuelo sin darse por enterado de los comentarios en voz alta del demente-, concretamente en un pueblo a la orilla del río Ganges, un hombre pobre que vivía con su esposa Akba...

Nueva interrupción del aparentemente loco acompañada por gesticulaciones con brazos y manos.

-Que no era la India, que era Castilla, que el río no era el Ganges sino el Esla, que no era un hombre pobre sino un pobre hombre y que su mujer no se llamaba Akba sino Sonsoles.

-Su profesión era la de encantador de serpientes -continúa con una gran dosis de paciencia- y para localizar las adecuadas, las más notables, tenía que acudir a los pueblos las noches de luna llena y meterlas en su cesta sin tocarlas ayudado tan sólo por el bello sonido de la flauta.

¡Ahora me toca a mí! -informa el loco poniéndose de pie ante la mirada del estupefacto niño-.

-La más notable de un pueblo es siempre la alcaldesa y los primeros lugares que captó fueron Córdoba, en la Península, y La Laguna, en Tenerife; respecto a la luna llena de la que habla el abuelo, hay que tener presente que las dos alcaldesas son de signo Cáncer, lunáticas por horóscopo, la primera del 07 de julio y la segunda del 17 de julio, poca música necesitaba para poder encantarlas.

-El hombre pobre -continúa el anciano- las escogía en el momento en que más llamativas se encontraban, adornadas de su mejor piel y jamás cuando se les puede considerar mutantes.

-¡Así no le va a dejar usted las cosas claras al niño! -responde airado el demente-. La escogió cuando se sentían importantes por salir en la tele o estar en las Cortes. Respecto al cambio de piel, que usted sabiamente califica de mutantes, no hay que ser tan docto, ya que se trata de dos clarísimos ejemplos de tránsfugas de partido, de residencia y de economía.

-Para captarlas, el anciano indio jamás utilizaba sus manos, su poder radicaba exclusivamente en la música de la flauta y en la fuerza de sus ojos, una mirada tan penetrante como la de las propias serpientes.

-¡Y en sus cejas milagrosamente arqueadas, que hacen imposible resistirse a ellas! Yo recuerdo el poder que tenía hace muchos años un ministro franquista -lanza un largo discurso el demente-; su poder estaba en su color moreno, sus dientes inmaculadamente blancos, su sonrisa extraordinaria de oreja a oreja y el tono de su voz. Era tal la persuasión que ejercía que enamoró a la mitad de las mujeres del país, y consiguió que los humildes pescadores de unos pueblecitos insignificantes llamados Torremolinos y Marbella le cambiaran sus casitas por unas viviendas en un poblado dirigido del interior. Se llamaba Solís.

-Las serpientes encantadas pasaban sin la menor dificultad -continúa el abuelo- de su cómodo habitad al cesto del indio, dejando sin la menor protección a sus crías y al resto de víboras con las que habían convivido.

-¡Y a sus pueblos! Que durante más de una legislatura las habían votado. Como para volver a fiarse de ellas cuando pregonan legalidad y moralidad desde el PSOE.

De esta manera continuó la mañana, con un bello relato por parte del abuelo, una olímpica destreza intelectual por parte del loco y un silencio absoluto del pequeño.

En el parque todos continuaban en sus asientos con la mirada triste y perdida en promesas de fin de crisis que nadie se podía creer, mientras esperaban la hora de retornar a casa, los que la tenían, para comer con sus hijos mondas de papas fritas en orujo.

fggracia@hotmail.com

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