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JOSÉ MARÍA SEGOVIA CABRERA

Lorencito Bruno, mi amigo de siempre

4/oct/09 07:48
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HAY PERSONAS que han tenido la suerte, la habilidad o la capacidad de entrarse en nuestras vidas y ahí están, fijas e inmutables, como viendo los toros desde la barrera. Una de ellas, entrañable por encima de todo, nos la recordaba últimamente y hasta por dos veces el escritor y maestro de periodistas Andrés Chaves en su diaria columna en estas páginas que, a pesar de llevar el título de "Superconfidencial", la verdad es que es quizás el mejor pregonero que tenemos en las islas. La segunda de ellas fue con motivo de su cumpleaños numero 87, edad casi respetable y sólo en un año inferior a la mía, motivo y ocasión aquella por la que se reunieron a su alrededor sus amigos de toda la vida. Se trata de, como le denominaba Andrés Chaves, del lagunero comandante Rodríguez Rojas, que así no hay quien lo pueda reconocer, ya que se trata nada menos que de mi amigo Lorencito Bruno. Mi conocimiento con nuestro personaje de hoy comenzó antes de la guerra, cuando llegado el verano y terminados los colegios, las familias que se lo podían permitir se desplazaban a La Laguna por un período que duraba en muchos casos tres meses, hasta la vuelta al colegio o al instituto si la edad ya nos exigía esta obligación. La ida a La Laguna era una larga fiesta que duraba semanas y semanas, donde uno se encontraba de manera permanente y continua con amigos y parientes a los que igual sólo se les veía una vez a la semana, los domingos, que entonces se iba a clase hasta los sábados por la tarde (tampoco se había inventado el fin de semana), siendo el único día libre junto con el domingo el jueves por la tarde. Los días laguneros tenían una dedicación casi homogénea en todo el período vacacional, ya que en las mañanas nos reuníamos en pandilla para irnos a la Mesa Mota, a los caminos que rodean la ciudad; a veces hasta algún osado se permitía ir por la carretera de La Esperanza arriba, mientras que por la tarde teníamos generalmente nuestras partidas de fútbol en los terrenos libres del camino de La Manzanilla, que eran miles, hasta llegada la hora de la merienda, después de lo cual había que ir forzosamente a la calle de La Carrera que ahora tiene nombre de obispo, cualquiera sabe por qué, a pasear en grupo y mirar a unas niñas que cada año estaban más guapas, amigas muchas de ellas de nuestras hermanas, y con cuyas vistas y sonrisas empezamos a comprender que la vida era algo más que libros en invierno y fútbol en verano. A veces hacíamos amistades con chicos de La Laguna y uno de ellos era hijo de don Bruno, con su establecimiento en la dicha calle. La llegada de la Guerra el año 36 vino a aumentar de forma notable la importancia de don Bruno para la vida diaria por algo tan esencial como era y es el calzado, los zapatos, de los que rompíamos legiones de ellos a fuerza de darle patadas al balón que había ido sustituyendo poco a poco a la pelota de trapo de la que había verdaderos genios en su dominio, como nos sucedía en nuestra calle del barrio de Salamanca con nuestro amigo Saso. La fuente que nos surtía solía ser los "Almacenes Bata", con material que creo venía de Checoslovaquia o algún otro país de aquella Europa lejana, pero con el conflicto bélico dejó de llegar material y entonces la artesanía local llegó a tomar caracteres primordiales, y no había caballero de Santa Cruz que no tuviese que ir a casa de don Bruno a que le hiciesen a medida aquello que ya no llegaba de fuera, si bien la juventud no necesitábamos ni podíamos llegar a esas exquisiteces. Así se asentó la amistad con Lorencito que ahí está después de casi 80 años tan firme aunque quizás no tan frecuentada como en un tiempo, sin culpa de nadie.

El segundo gran encuentro con el amigo fue ya en los mediados años 40 con motivo de los Campamentos de la Milicia Universitaria que, como el de Hoya Fría, permitían a los estudiantes reemplazar el Servicio Militar obligatorio por dos trimestres de verano en uno de dichos campamentos de los que se salía de alférez, cargo que había que confirmar una vez terminada la carrera con seis meses de prácticas en un regimiento. Aquello cambió de manera esencial el panorama del cumplimiento del Servicio Militar, obligatorio para todos, excepto casos que dispensaban su cumplirlo, y eliminando una práctica vergonzante como era la de "soldados de cuota", mediante la cual se solventaba la obligación mediante pago en dinero. Y en el campamento de Hoya Fría, donde realizaron los canarios sus primeros años de la Milicia de Canarias, me volví a encontrar, ya como alférez, a mi amigo Lorencito. Para los que desconocíamos en qué consistía aquello, su presencia fue una especie de tabla salvadora y como ayudante que era del teniente de Ingenieros don Matías Guimerá Peraza nos ayudó a cumplir con nuestras obligaciones, convirtiéndose en el paño de lágrimas de nuestros problemas, como en el segundo año también lo fue la presencia de los alféreces Sergio Mora y Filo Bonnet. Siempre he tenido un ligero escozor por un rumor, porque hay gente envidiosa del éxito ajeno, que empezó a correr por el campamento un año con motivo de unas maniobras que se realizaron allí en ocasión de la visita del general a cuyo cargo estaban aquellas enseñanzas y que creo recordar era el general Álvarez Arenas. Unas secciones del campamento se habían desplazado en ejercicio táctico a una montañita enfrente del campamento, mientras que el general y su séquito y autoridades las contemplaban desde él, y de cuyas comunicaciones nos encargábamos los alumnos de Ingenieros, comunicaciones que habíamos aprendido a mantener tanto mediante teléfono de campaña con vuelta por tierra, como con el auxilio de heliógrafos, que en Canarias con su sol en toda época son sumamente útiles, especialmente en una época en que no existía el teléfono móvil que hoy todo lo invade, eliminando cualquier grado de privacidad en lugares públicos. En un cierto momento de los ejercicios, el general decide dar por terminados los mismos y se nos ordena transmitir la orden, lo que el siempre recordado Félix Claveríe y yo, con más miedo que vergüenza y bajo la mirada del alférez Rodríguez Rojas, nos dispusimos a hacer y emitimos el "soleado" mensaje, con lo que ¡oh, misterio!, cesaron enseguida los ejercicios y la tropa inició el retorno al campamento. Objetivo cumplido. Y empezó a correrse el rumor de que habíamos hecho trampa, aunque nadie sabía qué trampa ni cómo hacerla. Pura y simple envidia, dedujimos. 25 años después, de nuevo Félix Claveríe tuvo la gran idea de organizar las bodas de plata con la Milicia, actos que se celebraron en el campamento de Los Rodeos, donde tuvo lugar una comida de hermandad junto con los aspirantes a oficiales de complemento, que ese año cursaban allí sus estudios y en la que compartimos mesa con los una vez "capitán Pérez Andreu" y "alférez Rodríguez Rojas" y los números uno de nuestras promociones, comida seguida de un desfile en el que participamos los ya mayorcitos alféreces y de una parada militar que presidió el entonces gobernador militar Prada Canillas (cuyo hijo estuvo en el reciente homenaje a Lorencito Bruno) y en la que me cupo el honor de dirigir unas palabras a la tropa formada, cerrándose los actos del día con una cena en la Residencia Militar presidida por varios generales de la Región y el capitán general de Canarias, cuya familia deberá guardar recuerdo de aquellos días por una placa con la que lo obsequiamos. En todos estos actos contamos con la presencia de nuestro querido amigo.

Cuando volví a trabajar a Madrid en los difíciles años 60 de la estabilización y los planes de desarrollo que cambiaron a una España atrasada y pobre en lo que ahora es, destacaba en el mundo de los negocios y actividades relacionados con Canarias la presencia en ellos de Lorenzo Bruno, su saber hacer y su ayuda en la resolución de problemas que, principalmente en el negocio privado, habían de solventarse forzosamente en la capital de la nación, ya que de los temas de las autoridades canarias se ocupaba con su celo de siempre el también inolvidable don Joaquín Feria, viejo amigo de casa como compañero que fue de mi suegro en su común etapa juvenil de estudios en Inglaterra. Vivía entonces Lorenzo en el Hotel Emperatriz del comienzo de la calle López de Hoyos, donde en realidad actuaba como si fuese el propio emperador, tal era su prestigio y autoridad. La cercanía del hotel al céntrico paseo de la Castellana y a la comercial calle de Serrano hacían especialmente atractivos los encuentros que los industriales y comerciantes sostenían con el amigo convertido en embajador de los suyos en Madrid. Con todos era atento y amable y a todos trataba de agradar y bien que lo conseguía. No era esa mi zona de actividad y pocas fueron las ocasiones en que me lo encontré, y menos desde que se dedica a su "farmacéutica" como nos recordaba Andrés Chaves. Un buen día, no hace mucho, me llama Lorencito Bruno para comentarme uno de mis artículos en la prensa canaria y quedamos en vernos, cosa que aún no hemos hecho. Pero espero y confío, cualquier día, poder compartir con él unos whiskys de esa botella que tiene reservada en la barra del bar "José Luis" de Serrano, enfrente del Museo Lázaro Galdiano, con la que suele obsequiar a sus amigos. Como son tantos, espero buscarme alguna influencia para poder darle un abrazo cuanto antes y recordar también los años de infancia y juventud que me temo pasaron para siempre y no precisamente ayer. ¡Mi muy querido "comandante" Bruno!

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