HE LEÍDO en algún periódico ocho o diez motivos clave para que Madrid fracasase por segunda vez en su aspiración de tener unos juegos olímpicos. Que si la limitada influencia a estas alturas de Juan Antonio Samaranch -capaz de obtener treinta votos a título personal, pero ni uno más-, que si la rotación continental, que si la reacción tardía del Gobierno español a la hora de legislar contra el dopaje, que si el informe del FMI del día anterior, que la olimpiada de Barcelona está aún demasiado próxima... Análisis para todos los gustos. Eso sí, hay coincidencia general en que, por una vez, se han unido políticos y administraciones de todas las tendencias para conseguir un objetivo común.
¿Hubiese supuesto la celebración en Madrid de las olimpiadas de 2016 el acicate para que este país no sea el último en salir de la crisis, como vaticinan expertos propios y foráneos? Posiblemente, sí. ¿Hubiesen llegado esos beneficios a Canarias, comunidad autónoma que ya tiene 250.000 parados? Posiblemente, también. No porque los albañiles isleños tuviesen la opción de trasladarse a la capital del país en busca de empleo, sino porque un triunfo así en estos momentos hubiera supuesto una inyección de adrenalina a la moral colectiva. La crisis mundial, la crisis española y, por proximidad, la crisis canaria, se deben en gran medida a un enorme socavón en la confianza individual que se sustantiva, de manera consecuente e inmediata, en una gigantesca desconfianza colectiva. Hace tiempo que está superado el debate sobre la elección puramente racional ante cualquier opción. Al final, siempre obramos guiados por los sentimientos, tanto si se trata de comprar una camisa o de elegir a la persona con la que vamos a convivir. "El corazón tiene razones que no entiende la razón", sentenció Pascal. Elegimos en función de nuestras emociones y no como consecuencia de un proceso ajustado a las leyes de la lógica. Lo cual no sólo es beneficioso en las relaciones personales; también nos permite sobrellevar la cotidianidad sin volvernos locos. "Decisiones tan simples como la compra de un champú se convierten en un problema si, en lugar de dejarnos llevar por las vísceras, tratamos de contraponer las ventajas e inconvenientes de ese producto a lo largo de un proceso sumamente aburrido", afirman Mirja Huberty y Peter Kenning en un interesante artículo titulado "En la mente del consumidor".
¿Qué ideas están hoy en la cabeza de los canarios y, por extensión, de todos los españoles? Sin caer en los tópicos habituales, cabe hablar de las que giran alrededor del pesimismo. Una desesperanza consecuencia de esa falta de confianza personal y colectiva que se manifiesta, como cabía esperar, de distinta forma dependiendo del bando en el que esté cada cual. Aquellos alineados con la oposición al Gobierno desgañitan su frustración culpando a Zapatero de todas las desgracias; a su vez, quienes militan en las filas del progresismo tratan de soslayar su desencanto agarrándose al clavo incandescente de una ideología que, como en el caso de los otros, ya no da más de sí. Una perseverancia que intuyen inútil desde hace tiempo, aunque siguen empeñados en ocultarla. Sin embargo, como los sentimientos tienen difícil disfraz, cada vez les supone un mayor esfuerzo ocultar ese rictus de fracaso que aflora a sus rostros.
¿Aciertan quienes culpan a Zapatero y a su Gobierno de la complicada situación económica española? Rotundamente, sí. Estamos, empero, ante la mitad de la verdad. La otra mitad se encuentra en el bando de la oposición. ¿Qué está haciendo el señor Rajoy? O, dicho de otra forma, ¿quién es más culpable? ¿El que sigue dando palos de ciego porque no sabe lo que tiene entre manos o el que, pudiendo impedirlo forzando la caída del Ejecutivo, permanece de brazos cruzados viéndolas venir sin adoptar ninguna decisión que comprometa su futuro personal? Un futuro, sobra reincidir en el tema, limitado a ser un jefe de la oposición dispuesto a eliminar a cuantos le hacen sombra dentro de su propio partido, pero incapaz de cesar a uno sólo de los corruptos que enturbian la imagen del PP. Qué pena.
Lo de Madrid, como digo, acaso hubiese sido el revulsivo que necesita urgentemente toda España para sacudirse el derrotismo colectivo. No ha sido así y la realidad del día después resulta descorazonadora. Para empezar, la Villa y Corte está endeudada hasta las cejas y en sus calles, colapsadas por obras sin fin porque a los constructores hay que tenerlos contentos, quizá pronto confluyan como ríos de desesperados miles, posiblemente cientos de miles, de parados procedentes de las cuatro esquinas de un país que se hunde en sus propias ruinas económica, social y moral; sobre todo, moral.
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