M. CHACÓN, Los Llanos
Un café en el kiosco de la plaza. Toda persona que pisa Los Llanos de Aridane ha cumplido con esa obligada parada. Cada día miles de ciudadanos, vecinos de la ciudad y visitantes, se acercan a este conocido kiosco para degustar un café o un cortado, o simplemente para observar el movimiento de la pequeña ciudad que ha crecido a su vera desde su construcción en 1951, tal y como reza un cartel situado en el mismo templete.
Sin duda es el café más afamado del Valle de Aridane, por no decir de la Isla. Su copropietario, Antonio Sánchez Camacho, presume de ser el que más cortados sirve al día: "Según me dicen los comerciantes y vendedores del café, sólo se nos acerca la cafetería del aeropuerto, pero aún así seguimos siendo los que más cafés preparamos".
La cuenta resulta reveladora. En el kiosco Aridane se gastan diariamente más de 10 kilos de café en bolsas, lo que se traduce en más de 1.000 cortados diarios (a razón de unos 100 por bolsa). A sesenta céntimos de euros, un precio económico si tenemos en cuenta lo que se cobra en otros sitios, la cifra es, además, apetitosa.
Allí toman café cada día trabajadores de todos los ámbitos. No importan lo lejos que estén del centro de la ciudad, se queda en el kiosco. El secreto, según cuentan, está en la mezcla que realizan al moler los granos. Y no la dan a conocer desde hace años. Algunos vecinos, según nos cuentan, llegan incluso a comprar el café molido en este punto. Solo toman café del kiosco.
Donde se queda.- Quizás sea el café, quizás que es el punto cero de la ciudad, el mismo centro neurálgico, en la acera ancha de la plaza de España, junto al ayuntamiento, a la iglesia de Nuestra Señora de Los Remedios, a Correos, a los bancos... en cualquier caso, lo que importa es que en el kiosco queda todo el mundo. No tiene que ser para algo concreto. En su octogonal barra se han encontrado generaciones y más generaciones, unas para ir de parranda, otras para asistir a un entierro. No hay diferencia, el punto de partida es el kiosco.
Desde su ubicación, la vista domina perfectamente el transcurrir de los que salen a desayunar, de los que compran o de los que simplemente pasean por las calles del centro. Es el lugar perfecto para charlar, para entablar cualquier conversación, de ahí una frase representativa de esa particularidad acuñada en la ciudad: "Si el kiosco hablara".
Bajo la sosegada sombra de los laureles de indias de la plaza de España se producen las conversaciones más variopintas. Se escucha alguien hablando de política, otros de fútbol, mientras en las mesas se cuentan historias del fin de semana o se entablan negociaciones entre comerciantes que se han citado en el kiosco.
Esta capacidad para atraer a propios y extraños se ha visto reforzada en los últimos años con la peatonalización de todo el casco histórico de Los Llanos, en donde confluye la vida comercial, económica y administrativa del Valle.
Ver, oír y callar.- Este establecimiento abierto a los cuatro puntos cardinales ha sido gestionado por la misma familia desde casi el comienzo. Actualmente, la tercera generación de la misma está al frente del trabajo diario, con Antonio Sánchez como administrador. Gracias al kiosco han conseguido vivir dignamente, incluso con la posibilidad de realizar otras inversiones, como la de un hotel urbano situado en la calle Las Adelfas, que busca ser consolidado.
El secreto para conseguir mantener este movimiento comercial que hasta los propietarios consideran "bárbaro" está en ser simplemente una parte más del kiosco. Ver, oír y callar. Antonio Sánchez lo explica: "Allí uno se entera de lo más inhóspito, se escucha hablar de política, de negocios, de deportes... eso sí, nosotros los de dentro vivimos y comemos de eso, no entramos en esas conversaciones, no sale nada del kiosco".
La historia
En activo desde hace casi 60 años
En el centro de la ciudad se sitúan edificios como el del ayuntamiento, la Casa de la Cultura o la parroquia de Nuestra Señora de Los Remedios, edificada sobre la primitiva ermita de 1517. La ciudad se configura a partir de esa iglesia, en cuyas inmediaciones surgieron las arquitecturas tradicionales y otras más modernas. En ese marco nació en mayo de 1951 el kiosco Aridane, en la acera ancha. La licencia, según explica la historiadora y cronista oficial de Los Llanos de Aridane, María Victoria Hernández, fue otorgada a Antonio Magdalena, mediante un acuerdo que especificaba que no tenía derecho a indemnización en caso de ser retirado. Unos años después, el templete fue traspasado a Juan Sánchez Botín, padre de Antonio. El viejo modelo de kiosco, que se proyectó con una pajarera e una laurel de indias que nunca se construyó, fue restaurado en 1998.
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