LOS PROBLEMAS en que nos debatimos a diario en cualquier sociedad occidental, de las que comen caliente, pasan a un segundo plano o quedan totalmente relegados a simples minucias ante la magnitud y envergadura de una tragedia universal en la que mil millones de seres humanos, tan válidos como usted y como yo, sufren el castigo agónico de no tener qué comer. Rompe la razón, el corazón, defrauda a la divinidad que se supone nos avala y nos coloca a la altura del betún. Con menos del 1% de lo que los países ricos han gastado en ayudar a los bancos y salvar los sistemas financieros se podría solucionar la hambruna con algo más que "remedios a largo plazo" que, como siempre, se manejan para diluir la responsabilidad del momento actual. Es inaudito que tan acusado fracaso de la Humanidad pueda suceder en pleno siglo XXI. Significa la quiebra del concepto de seres inteligentes que tenemos de nosotros mismos y el caso es que no creo que los pobres mortales de a pie tengan mucha culpa. Ellos, los muertos de hambre, están fuera de este cruel sistema que producen algunos imperios impresentables (en cuestión de méritos diferenciales), tan enormes como poco solidarios y un grueso de personas integradas en sus bregares con la vida que poco más pueden hacer que respirar de vez en cuando. Es prioritario que surja desde arriba (desde abajo sería una nueva revolución) un movimiento, un líder, una corriente, un nuevo orden, un nuevo modelo? que ponga, social y económicamente, sentido al rumbo del ser humano y que, manteniendo los diferenciales por méritos y esfuerzos, la búsqueda de la competitividad y el atrevimiento innovador, con sus acumulaciones razonables, eviten e impidan semejante perversión y tanta distancia desde el vértice superior hasta las bases hambrientas de la pirámide de riqueza. "Sí" a la competencia y competitividad de la pirámide, pero "no" a su tremenda altura sobre la nada.
La sensación de hambre es algo natural, pero privarse de alimento durante mucho tiempo perjudica la salud mental y física. La carencia de alimento induce a la somnolencia, atenúa las emociones e impide pensar con normalidad. El deseo de comer se hace prioritario y se diluyen los valores morales. El hambre extrema puede tener un efecto deshumanizador que lleve al robo, al asesinato e incluso al canibalismo. A menudo va acompañada de enfermedades y epidemias que tienen su origen en el estado de debilitamiento de los afectados.
Una buena oportunidad para plantar cara a semejante indignidad sería que los países del G-20 (las economías más ricas, las emergentes y España) aprovechasen la próxima reunión en Pittsburgh (EEUU) "para poner el hambre en el mapa". Solo puede haber un poco de luz cuando "el mundo se tome el hambre en serio". El planeta en conjunto necesita una solución más equilibrada que la que viene de atrás por la organización económica heredada, que es un verdadero churro pinchado en un palo. Ni izquierda con el puño levantado, ni derecha con el brazo empalmado, ni nada, eso es pasado. La ciencia económica es lo suficientemente adulta y madura como para que evolucionemos.
Podría ser Mr. Barack Obama quien la liderara. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU informó de un penoso récord: por primera vez en la historia, el número de personas que pasa hambre en el mundo ha superado los 1.000 millones. Al tiempo, los países siguen recortando las ayudas humanitarias a causa de la crisis, hasta el punto de que las donaciones han caído al nivel de hace 20 años. Una combinación que la directora del PMA, Ms. Josette Sheeran, calificó en Londres de "receta para el desastre". Este año sólo se han confirmado 1.779 millones de euros de los 4.585 que se necesitan para alimentar a 108 millones de personas que pueden estar en las últimas. Las consecuencias se verán enseguida en sus programas en Kenia, Guatemala y Bangladesh, que requieren intervenciones urgentes. La organización necesita 2.000 millones de euros extra para afrontar sus problemas este año.
El grupo que sigue el desarrollo de los Objetivos del Milenio de la ONU criticó el incumplimiento de los compromisos por parte de los países. Desde 2005, el G-20 ha dejado de cumplir con 23.000 millones de euros anuales prometidos.
La cifra de 1.000 millones, que puede ser colocada perfectamente en 1.500 millones, es para avergonzarse.
infburg@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD