HOY HE VUELTO a pasar, no "por aquel camino verde que junto al valle se pierde", que decía la canción, con sus "fuentes que se han secado", con "sus azucenas marchitas", con sus "margaritas que lloran de pena" y sus "ermitas en la colina"; no señor, no he pasado por ahí, que bien me hubiese gustado, pero resulta que a estas alturas en la colina han hecho una urbanización, el agua no viene de la fuente, sino que la traen desde no sé dónde por tuberías y en las calles no hay ni un arbolito, y no digamos flores. Hoy he pasado, por el contrario, por delante de una gran casa, un palacio de una sola planta, en el que allá por los 40 empecé a dar clases de matemáticas para el ingreso de la Escuela de Ingenieros Industriales a un muchachito que vivía en la calle Miguel Ángel, esquina a Rafael Calvo, acera de los impares, enfrente de lo que en su tiempo fue el Instituto Escuela que dirigió nada menos que la viuda de Menéndez Pidal, doña Jimena, al que fueron mis primos peninsulares madrileños. Hoy, dicho palacio es sede, desde hace una pila de años, de la Dirección General de la Policía o algo parecido, pero en aquellos ya tan lejanos años era la casa de un Grande de España. Tenía y tiene la casa un ancho portal por el que en su día entrarían los coches a caballo para desembocar en un amplio patio que sólo he intuido, ya que en ese pasadizo, a la izquierda, se abría la puerta de la casa, por la que se accedía a una habitación como de espera, que es donde daba mi clase al más joven miembro de la familia, José María, al que llamaban "Cheche", chico despierto y educado.
En aquellos tiempos, el ingreso en las Escuelas de Ingeniería se hacía mediante oposición, consistente fundamental y casi únicamente en la resolución de problemas de diverso tipo y alcance según las Escuelas, desde la de Minas, en la que se llegaba a ecuaciones diferenciales, hasta la de Industriales, que desconocía el cálculo diferencial y por ello era la más fácil de preparar. Yo había empezado a dar clases en la Academia Hernández el Castillo, de la calle de la Bolsa, que preparaba para el ingreso en Industriales y de allí me salían clases particulares que completaban mi gama de ingresos económicos, que me permitían estar en Madrid como estudiante, ya en la Escuela de Minas. Las clases con "Cheche" eran por la tarde y consistían principalmente en la revisión de los problemas que le habían puesto en la Academia, la forma de resolverlos y ejercicios similares, así como la teoría aplicable al caso concreto. Como papel donde hacer los ejercicios utilizábamos la parte posterior en blanco de un parte de boda por el que los dueños de la casa, por un lado, y unos nobles asturianos, de la otra, anunciaban la boda de una hermana mayor suya con el hijo mayor y futuro heredero de un noble asturiano al que tuve ocasión de conocer años después en Asturias, ya que, aparte de ser de noble ascendencia, eran también importantes industriales del Principado. En aquellos años, antes de los 50, había gran diferencia en algunos de los hábitos de peninsulares y canarios, y así, por ejemplo, en los bares elegantes de la Gran Vía los únicos que tomábamos whisky cuando íbamos por allí de Pascuas a Ramos éramos los canarios, ya que el peninsular tomaba coñac con sifón, por simple desconocimiento. Tampoco en lo de la higiene iban las cosas boyantes que digamos. Eso de la ducha diaria a la que el canario está habituado de siempre no era el caso en estas tierras, donde en invierno el agua se congela en las tuberías (y eso bien lo sufrimos mi amigo Félix Claveríe y yo) y en muchos barrios céntricos por los que uno se movía había en la fachada de las casas un anuncio en el que se leía, por ejemplo, "Agua y gas en todos los pisos", con lo que ya se supondrán lo que sucedería en los barrios menos céntricos.
Y viene esto a cuento porque me acuerdo de que un buen día mi alumno Cheche me entregó una bolsa con una fruta exótica que había traído su padre de un viaje a Canarias, que a nadie gustó y que me regalaron a mí, que para eso era de la tierra: eran nada menos que aguacates, entonces desconocidos por aquí aun al nivel social más alto, y que en la pensión lo celebramos con los canarios como día de gran fiesta.
Mi fama de experto docente se debió extender por esta piel de toro que dicen y al poco me llamaron de la casa de un agente de cambio y bolsa de Madrid, uno de cuyos hijos quería ser ingeniero industrial y necesitaba de una ayudita para el entonces complicado ingreso en la Escuela. Vivía tal señor en el primer piso de una espléndida casa en la calle Velázquez esquina a Hermosilla, piso al que se ascendía desde un amplio hall a través de dos brazos de escalera circulares como esas que salen en las casas de los ricos de la América de "Lo que el viento se llevó". Mi nuevo alumno, Jaime, era el segundo de cinco hermanos, los dos pequeños gemelos y revoltosos que armaban gran jaleo cuando llegaban del colegio a eso de las 5 de la tarde. El mayor de ellos se hizo abogado, como su padre, e incluso lo tuve una vez a comer en mi casa de Asturias porque al hombre se le había atravesado una asignatura en Madrid y trasladó la matrícula a Oviedo para terminar airosamente su carrera. Y por las vueltas que da la vida, uno de los gemelos, al correr de los años, emparentó con la familia de un pariente nuestro peninsular. A poco de empezar con esta segunda clase surgió la posibilidad de una tercera y entonces tomamos democráticamente el acuerdo de dar una clase común a los tres. El nuevo alumno, Luis, era un chico extremeño huérfano de padre y madre y habitante en Madrid, creo recordar, en un piso en la calle Lagasca o por allí, educado y de aspecto más bien serio, y las clases las alternábamos entre su casa y la del hijo del agente de cambio. Por aquellos tiempos se había inventado, o al menos lo había descubierto yo, un juego de dados que llamaban "los chinos" al que la gente se jugaba el aperitivo o lo que fuese y al que luego me jugaba yo también la consumición en la barra de la piscina del Club Náutico. Y antes de empezar la clase nos jugábamos los cuatro no se qué a "los chinos", igual nada o quizás quién empezaba la lección.
Ese año fue mi último de estudiante y de estancia en Madrid. Al primero de mis alumnos no lo he vuelto a ver, aunque sé que ingresó en la Escuela. Respecto al segundo, que terminó su carrera, he tenido, si bien no con él, unas relaciones familiares que continúan como ya mencioné anteriormente, y en cuanto al tercero, Luis, sólo le vi en una ocasión en la antigua Barajas a donde llegaba de vuelta del viaje de novios a Tenerife. Los tres ya han fallecido, desgraciadamente, pero muchas veces, cuando paso por una de las calles en que vivían, me vienen al recuerdo aquellos felices años en que uno terminó su carrera y empezó a trabajar, algo que estos días se está volviendo difícil para muchos.
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