No hay duda de que este es un país de pandereta. Llamar "hijo de puta" al jefe no tiene que ser, necesariamente, una causa de despido. Depende de cómo se le diga, si con aspavientos, con sacudida, o con cariño.
No lo digo yo, un pobre cronista político, lo dice la propia justicia. La sentencia correspondiente ha sido dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, revocando la decisión anterior de un juzgado de lo Social.
Estaban en litigio unas dietas y el trabajador, muy alterado, entró en el despacho del gerente de su empresa y le dijo: "tú lo que eres... es un hijo de puta". Pero he aquí que los sesudos miembros del TSJ catalán rizan el rizo, construyen un castillo en el aire, y sentencian: "es imprescindible atender al comportamiento de la persona en relación al momento y la ocasión, porque no basta con que las expresiones sean atentatorias a la dignidad, atendido su sentido gramatical, sino que dado el contexto en el que se producen puede verse mermada la animosidad injuriosa de dichas expresiones". Toma castaña.
Y es que los magistrados catalanes estiman, en otras sentencias, que la propia degradación del lenguaje ha provocado que determinadas expresiones sean de uso corriente en determinados ambientes, singularmente en las discusiones. Pues vale.
Bueno, pues ya lo saben, corran todos a insultar al jefe, que ni siquiera podrá echarlos a la calle por ello. Porque el tribunal ha dicho que "sin justificar en modo alguno la utilización de ofensas verbales o expresiones insultantes, es a todas luces desproporcionada la sanción de despido impuesta por la empresa", ya que la conducta del trabajador fue "aislada" (el día anterior había llamado loco al gerente, ya me dirán a mí el aislamiento).
Aquella expresión de nuestros antiguos "no sé dónde vamos a parar" nos viene ahora a la mente. Entre todos estamos consiguiendo que se pierda el respeto a los demás, que esto se convierta en una jungla, que los pajaritos disparen contra las escopetas, y no al revés como era habitual.
Por otro lado, no existe unificación de doctrina. Un tribunal en Cataluña puede dictar una sentencia como la que nos ocupa y otro en Almería mantener la tesis contraria. Nunca sabe uno a qué atenerse y los comportamientos individuales y colectivos punibles reciben diferente respuesta judicial, según donde se juzguen. Esto se va pareciendo cada vez más a un caos de país, en todos los órdenes, incluido el judicial.
Ya lo ven: llamar hijo de puta al jefe no es delito. Así que si lo hacen con buenos modales, con suavidad, incluso coloquialmente, pueden obtener la bendición de un tribunal. Para echarse a correr.
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