UNO PUEDE encontrar tantas explicaciones como le apetezca sobre el hecho, constatado e innegable, de que en plena crisis y camino del 30 por ciento de desempleo en Canarias, haya gente que rechace un puesto de trabajo incluso con el riesgo de perder la prestación que recibe. Quizá nos sirva de mapa para elegir qué derrotero seguir en esta discusión una reflexión enunciada en su día por Ramón Tamames: "es muy difícil recobrar el hábito de trabajar cuando uno lleva tres años desempleado pero cobrando ayudas, y en España es fácil estar tres años desempleado y cobrando ayudas". Cavilación peligrosa pues se presta, cuando menos, a respuestas demagógicas. La realidad es que ni Tamames, ni nadie con un ápice de sensibilidad, hablaría de suspender las ayudas sociales. Asunto distinto es despilfarrarlas concediéndoselas a quienes no las necesitan porque están en condiciones no sólo de trabajar, sino también de encontrar empleo a poco que se lo propongan. Pero no se lo propone. ¿Y por qué? Porque saben que con la prestación por el paro y un par de cáncamos tiran hasta que lo prejubilen y le den una pensión vitalicia. Subsidio nada abultado, vaya eso por delante, pero que les deja el cien por cien del tiempo libre para atender a más eventualidades. Esa es la clave.
Hay trabajos que muchas personas realizarían gratis siempre que tengan cubiertos sus gastos imprescindibles con alguna renta u otra actividad. La mayoría, no. Entre otras cosas porque es difícil encontrar un aliciente no monetario para descargar un camión de bloques. Por ejemplo. Eso se hace por dinero o no se hace. Lo cual lleva a concluir que si alguien no acepta una ocupación que le proponen en la oficina de empleo, o es un vago y tiene quien lo mantenga, o se está ganando el sustento en otra esquina. Llamémoslo economía sumergida, subsidios prolongados en el tiempo de forma más o menos fraudulenta, etcétera; lo que sea. Opción esta última por la que me inclino, considerando que los perezosos no abundan. No porque la molicie sea una actitud refractaria a la condición humana -yo mismo la practicaría si pudiese-, sino porque no abundan los mecenas propensos a financiar la vida contemplativa de cualquier gandul en ciernes. Aunque los hay; les aseguro que conozco a una. Al final, dejando aparte esas monsergas bonitas -pero monsergas- de la realización profesional, la inmensa mayoría de los seres humanos trabaja por la misma razón que se echa a volar un cernícalo: para comer.
Cabría pensar, asimismo, que si se rechazan puestos de trabajo es porque en realidad no hay tanta gente absolutamente desempleada. Es decir, admitir que las cifras oficiales de paro registran el número de personas que demandan trabajo, pero no la cantidad total de las que carecen por completo de ocupación, aunque ésta sea eventual o perteneciente a una denominada economía sumergida, cuyo mejor caldo de cultivo son precisamente las crisis económicas. No obstante, se trata de una explicación fácil. Ayer mismo se informaba de que la mitad de las 1.500 personas llamadas para trabajar en la campaña de la fresa en Huelva han rechazado el empleo, a pesar de que esa provincia tiene 40.000 desempleados. ¿A qué estamos jugando?
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