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CARLOS ACOSTA GARCÍA

De profesión, mis ignorancias (308)

19/sep/09 08:00
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NO FUI CAPAZ de suponer que mi artículo de hace algunas semanas, en el que afirmé que Velázquez me ha gustado siempre más que Goya, y que Picasso no me interesa ni mucho ni poco, iba a causarme tal desencanto. Me han salido críticos de arte por una esquina y por otra. Todos enteradísimos y ninguno capaz de comprender que cada cual es cada cual a la hora de emitir su opinión. Pero (creo haberlo dicho ya alguna vez) Dios no abandona al que cría. Así que he encontrado las más esclarecedoras frases en una edición del suplemento cultural de "El Mundo".

Suelo buscar esta revista para leer, sobre todo, a don Luis María Anson (sin tilde) académico de la Española. El escritor no habla sólo de temas literarios. También se preocupa -¡y de qué modo!- de pintura, cine, música? En uno de sus más recientes trabajos aclara que si le preguntaran cuáles son los seis pintores más importantes del siglo XX en nuestra patria, él se inclinaría, en primer lugar, por Picasso; luego por Miró, Juan Gris y Dalí; después por Sorolla y Sert. "Pero Tapies no debería estar ausente entre los más grandes". ¿Pero cómo pudo el señor Anson acordarse de un pobrecito llamado Joaquín Sorolla, olvidado siempre por todos los enterados en la cuestión? ¡Ay, amigos! Ahora no les queda a todos esos enterados otro remedio. Porque el gran pintor valenciano ha alcanzado tal clamor favorable en la exposición que de su maravillosa obra se ha ofrecido en Madrid recientemente que todo el mundo ha dicho ¡qué barbaridad!, frase que, traducida al castellano, significa ¡qué maravilla!

El señor académico no se ha quedado a la zaga. Y por eso escribe: "? la contemplación de la luz que estalla en sus cuadros consolida al artista entre los más grandes pintores del siglo XX". Eso ya lo sabíamos, pero? ¡Cuánto ha costado que alguien lo dijera en los años más recientes!

Sigo leyendo el "Zigzag" de don Luis María, que termina así: "Sorolla (?) está fuera de las inquietudes vanguardistas de su tiempo" (afortunadamente). "Pero su calidad lo arrolla todo" (afortunadamente); "por eso su obra gana prestigio y cotización cada día" (afortunadamente). No creo que haya necesidad de aclarar que el adverbio de modo que se triplica en la frase no es del articulista, sino mío; pero lo hago constar para evitar que, por mi culpa, alguien pueda crucificar al señor Anson sin comerlo ni beberlo.

Voy a dejar ya al académico para pasar a otro crítico (literario, esta vez), don Rafael Narbona. Este señor, en su comentario sobre una novela, escribe: "Lo imposible e ilógico es el verdadero sentido del arte". Y no conforme con esto, sigue luego: "La razón no está disociada de lo irracional , ni la belleza de lo monstruoso ".

En vista de que la razón y lo irracional forman equipo y que belleza y monstruoso son palabras primas hermanas, comprendo más, mucho más, unos detalles que, hasta ahora, eran para mí inextricables. No sólo en el arte pictórico, sino en el literario. Porque el señor Anson (perdón por volver a él, aunque creo que viene a cuento) acaba de decir que en un poemario de Umbral, editado casi ahora mismo y que todavía no he podido leer, se nota la influencia de Neruda, Alberti, Borges, Valle-Inclán, Juan Ramón, Rubén Darío, Bécquer, Lorca y, sobre todo, Quevedo. Y uno, en su tremenda ignorancia, se atreve a preguntar: si todos estos señores han tenido gran influencia en la poesía de Umbral, ¿qué es lo que aportó don Francisco que fuera verdaderamente suyo?

Así, a simple vista, no se entienden bien las cosas. Pero, amigos, el que no se consuela es porque no quiere. Ya saben ustedes eso de que la razón y lo irracional no están disociados.

Quiero terminar este artículo diciendo que voy a seguir en la amena lectura de cuanto me ofrezca el notable académico en la tercera página del suplemento cultural de "El Mundo". Otra cosa es que uno tenga la ineludible obligación de tener que compartir los puntos de vista de todos los críticos, tanto de arte como literarios.

También quiero seguir leyendo a don Francisco Umbral, lamentablemente desaparecido. Lo leeré a pesar de que lo han dejado en ropa interior por permitir a tantas personas que se le subieran a las barbas.

Y espero, finalmente, que este trabajo no me traiga tantas pejigueras como el que cité al comentar mi artículo de entonces.

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