A UNO, a muchos españoles más, incluso a algunos extranjeros con los normales dedos de frente para darse cuenta de las sucesivas meteduras de pata del presidente Rodríguez Zapatero -que se necesita ser tonto profundo de pueblo para no percatarse de las barbaridades políticas, económicas y de todo tipo de este ser que tenemos la suerte negra de soportar en este país que otrora fue floreciente, serio y próspero-, a un servidor, decía, le extrañaba que, teniendo en su Gobierno un ministro de Economía de la talla de don Pedro Solbes, quien había desempeñado el mismo departamento, con verdadero acierto, nada menos que en la Comisión Europea, como prueba de su alta competencia y preparación en estas tareas, Zapatero cometiera, o permitiera, la comisión de tantos disparates en el campo económico. De acuerdo en que quien hace tonterías es un tonto, en el caso de Zapatero, incurable. Quien padece analfabetismo casi general no tiene a qué agarrarse para razonar, porque le falta lo fundamental, que es la simple formación. Pero Solbes tenía necesariamente que captar lo inoportunas y hasta dañinas decisiones del presidente.
Y es ahora cuando se ha sabido que Solbes era consciente de los fallos de Zapatero y sostenía notables diferencias con el presidente. Esa fue la causa de su sustitución por esa pobre señora Salgado, de cuya buena voluntad no dudo, pero debió de ser, como mucho, una aplicada alumna de la Facultad de Económicas y, al lado de Solbes, es como un escolar de la clase de párvulos.
En resumen, Zapatero se vio libre de Solbes para no seguir sometido, por lo menos, a sus continuos y lógicos tirones de orejas, y de hacer lo que le saliera de donde dicen que salen estas cosas, sin que nadie lo importunara. El ya ex ministro se retiró de la política activa y, hace unos días, dimitió también como diputado del PSOE, para no tener que opinar ni desde el escaño de su grupo parlamentario. O sea, que, figuradamente, le dijo a Zapatero que se metiera el cargo en el trasero, valga el pareado. Y, a los españoles, según que les deseó, por lo bajini, que Dios nos coja confesados si el presidente sigue legislando sobre economía, ahora que le falta el freno, pese a que, como premio de consolación al que también fue vicepresidente, dijo hace unos días que seguirá "escuchando a Solbes" porque es amigo suyo. Vamos a ver hasta cuándo. Depende de si le entra pronto o tarde la ventolera con miras a terminar con la puñetera crisis.
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