PUEDE que porque sean los hijos de aquellos revolucionarios del 68 hayan heredado la rebeldía, pero lo que no se explica es lo de la mala educación. Ser padres tolerantes y liberales no debe justificar nunca a unos hijos gamberros, que maltratan a sus docentes. Hemos leído estos días en los periódicos verdaderas golfadas que perpetran los alumnos contra sus profesores. El primer aldabonazo lo dio el defensor del Pueblo, Enrique Múgica, y ya lo contamos aquí: "A los profesores hay que tratarlos de usted; y la culpa de gran parte de los desmanes que cometen los jóvenes la tienen sus padres". Completamente de acuerdo.
Sólo unas horas después de que Múgica se definiera, leemos con pavor cómo un padre, en la Península, agrede, en el pasillo de un instituto, a la directora del centro, a la que causa heridas de consideración. Al mismo tiempo, Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, consternada por el cariz que toman los acontecimientos, va a legislar en su Asamblea que los maestros posean la misma condición que los agentes de la autoridad, incluida la presunción de certeza. Es decir, que desde que un maestro sufra una agresión verbal o física por parte de alumnos o de padres, en el ejercicio de sus funciones, la Fiscalía tendrá que actuar de oficio y las penas a imponer por los jueces a los agresores en edad penal variarán entre dos y cuatro años.
En estos tiempos que corren, con los hijos de los del mayo francés en las aulas, a los maestros es preciso investirlos de autoridad. Y no estaría mal el apeamiento del "tú" y el trato de "usted". Fueron los progres los que se quisieron poner a la altura de los alumnos y esto no es posible. La izquierda es muy aficionada a bajar el nivel en la educación y se equivoca.
Atrás quedan los tiempos en que el profesor caminaba por los pasillos y todo el mundo se levantaba de los bancos del recreo; y no digamos cuando entraba en el aula, con el respeto con el que se le recibía. Es preciso, por el bien de la juventud, recuperar esas formas y, sobre todo, esos valores. Es difícil en un país en el que nadie respeta a nadie, pero sería bueno intentarlo con cierta contundencia, si no queremos seguir creando una juventud descreída y maleducada. Todas las acciones legales para devolver a los maestros y profesores su autoridad serán bienvenidas. Y los propios alumnos lo van a agradecer. Que se les tienda una mano para salir del infierno en el que están metidos, en un país en el que se pierde más tiempo en cambiar de planes de estudios que en educar a los jóvenes como es debido.
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