BIEN DIJO alguien que "la excepción confirma la regla". Es una frase que utilizamos todos cuando queremos exponer algún argumento que consideramos válido en cualquier circunstancia, y sale entonces el listillo de la reunión y nos contradice alegando una experiencia personal, o de un amigo. Cogidos a destiempo, respondemos entonces algo molestos con la frase que he mencionado, con lo cual damos a entender que nuestro argumento, a pesar de la inesperada interrupción del inoportuno, continúa siendo válido.
Digo lo anterior por si alguno de mis lectores recuerda en este momento las líneas maestras que pretendo seguir en mis artículos, una de las cuales es dejar los asuntos deportivos para los profesionales. Por eso, al que lea éste, para cubrirme la espalda, he de decirle que por una vez me perdonen, puesto que "la excepción confirma la regla". Aunque, para ser sincero, todavía no sé si estoy quebrantando mi regla. Y digo esto porque el clima deportivo que se respira este año, a nivel regional y nacional, no tiene parangón con el de los anteriores. Sinceramente, no sé cómo se las van a arreglar las televisiones públicas y privadas para retransmitir todos los partidos de fútbol y baloncesto con que nos "amenazan"; y vaya por delante que soy uno que ve los que, a priori, merecen ser vistos. Pero esto no obsta para sugerir que un equipo de sicólogos reclame al gobierno -central, por supuesto- una subvención para estudiar ese problema -según los progres "inventado" por Franco- que, en mi opinión, ha derivado en locura colectiva.
Si estudiamos detenidamente la oferta prometida vamos a tener los sábados y domingos la retransmisión en directo de casi todos los partidos de "la mejor liga del mundo". A esto habrá que añadir algunos de la Segunda División, así como los más importantes -tres o cuatro de cada una de ellas- de las ligas francesa, inglesa, alemana, italiana, etc. Para hacer más grande la tarta no olvidemos las copas de Europa y la UEFA -amén de otras cuyos nombres ignoro-, así como los partidos que juegue la selección nacional para decidir su participación en las copas del Mundo y de Europa. En resumen, una oferta que sin duda alguna superará las horas que hasta entonces esas televisiones tenían destinadas a los deportes, a las que habría que añadir los interminables programas realizados por sesudos comentaristas que, a toro pasado, se arriesgan a opinar sobre lo que tal jugador debió hacer -o no hacer- en determinada jugada; esto me hace recordar lo que un famoso escritor le dijo a un crítico que había considerado infame su última novela: "¿Ha escrito usted alguna?". Por si fuera poco no debemos olvidar las competiciones de tenis y fórmula 1, que los sábados y domingos son capaces de hacer que cualquiera olvide la siesta.
Sin embargo, no hay que ser demasiado inteligente para saber cómo se las van a arreglar las emisoras para cumplir su palabra. Supongo que los especialistas en márquetin habrán realizado los estudios necesarios para averiguar qué programas son más vistos, las series -españolas o extranjeras; da igual- o los encuentros deportivos. Si las primeras tienen una cuota de pantalla -¡por favor, desterremos de una vez el "share"- del 24,8% y los segundos una del 39,6%, yo, si fuese propietario de una cadena, diría al director que se deje de tonterías y contrate sin dudarlo la retransmisión del evento deportivo, aunque su actitud llevará consigo unas consecuencias -la ley del caos- que repercutirán negativamente en nuestra economía: muchos actores que ahora se ganan unos euros haciendo pequeños papeles en dichas series pasarán a incrementar las listas del paro. Aunque, pensándolo bien, quizá no esté nada mal apostar por los deportes, porque a menudo debe darnos pena -y vergüenza- de que nos incluyan como espectadores en uno de esos bodrios que pretenden hacernos ver cómo es -o era- la vida de los españoles. Ante este panorama -aterrador, porque muy pronto no va a haber dinero para atender a tantos jubilados y parados-, quizá sea mejor que las televisiones aprovechen la oportunidad y continúen con sus series -sigue habiendo gente a la que no le gusta el fútbol-, pero que eliminen de sus ofertas los programas llamados del "corazón", auténtica bazofia que sirve para retratar la idiosincrasia y cultura de un pueblo.
Ahora, bromas aparte, creo de verdad que no estamos haciendo las cosas bien. Pasa como con la energía. Unos dicen que debemos adoptar de una vez la nuclear, otros prefieren la actual, la derivada de los productos fósiles, y otro grupo la que se logra por la acción del viento, las mareas o el sol. Sin embargo, los técnicos -qué manía tenemos los españoles de no hacerles caso- estiman que lo más apropiado es un 33% de cada una, para dar tiempo así a que los investigadores descubran otras alternativas que alejen de nosotros el panorama de un mundo sin transportes baratos, sin aire acondicionado y bajo el reinado de la oscuridad, que hasta hace algo más de un siglo se cernía sobre nuestras ciudades. Pues pasa lo mismo con la televisión: no creo que sea prudente una programación que ofrezca un 80% de deportes y un 20% de "relleno". Pero convencer de esto a los empresarios o al gobierno es tarea inútil: es más importante la rentabilidad de las empresas que la educación del pueblo. Este, que se j.., que lea libros por su cuenta para no embrutecerse.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD