Algunos, y no son pocos, le han cogido el gusto a los juzgados. Individuos que tratan de ganar en la vía judicial lo que no han logrado en las urnas, aunque no sólo ellos. También hay fulanos incapaces de admitir que alguien, harto de ellos después de muchos años de explotación laboral, ninguneo, mentiras y marginación profesional, le dé con la puerta en las narices y busque otros rumbos. ¿Qué harían -me pregunto- si en vez de abandonarlos un subordinado fuese su mujer quien les diese chancleta? ¿Acaso entonarían la odiosa frase "mía o de nadie", y se la llevarían por delante? Porque en ese caso habría que denunciarlos a ellos preventivamente por maltratadores o machistas en potencia. En fin, no pretendo hablar hoy de cojos mentirosos que han amasado una fortunita con el arte de la extorsión, ni de radiantes defensores del bien común que durante más de treinta años han estado engañando al erario -algún día hablaremos-, ni de una maruja un tanto "depre" porque la han aparcado antes de tiempo y no le ha sentado bien, que tergiversan sin recato lo que se les ha dicho en la confianza de una conversación privada. No pretendo, como digo, hablar de esa gentuza cobarde y embustera porque ya bastante silicio padece la morralla con aguantarse a sí misma las veinticuatro horas del día.
Sí me apetece, empero, comentar otras denuncias de carácter político. Vaya por delante que no pretendo defender a Soria ni a Camps, esencialmente porque ambos son bastante mayorcitos para defenderse solos. ¿Puede alguien, sin embargo, explicarme en qué acabó el tan mediatizado caso Salmón? ¿Y los trajes de Camps? Y estoy citando sólo dos ejemplos. A Zerolo llevan años persiguiéndolo por el asunto de Las Teresitas. ¿Algo en concreto hasta ahora? En realidad, sí; un montón de dinero público gastado en dietas y desplazamientos de policías. Ahora es el caso Arona lo que centra la atención de los correveidiles de la progresía. De nuevo, ningún interés por mi parte en defender al señor González Reverón -alcalde de esa localidad tinerfeña-, ni a Paulino Rivero, ni a Ricardo Melchior ni a Cristina Tavío, a quien a pesar de todo le tengo afecto. Cualquiera de ellos, incluida la Niña, posee sobrada capacidad para defenderse solo.
No pretendo negarle a nadie el derecho a presentar denuncias por lo que considere oportuno. Sobre todo si el demandante es un político, pues en su condición de tal está especialmente obligado a evitar la corrupción. Lo que me repugna -y no soy el único asqueado- es ese intento de conseguir en los juzgados lo que no se logra en las urnas. Derrotar a los dos partidos que gobiernan en Canarias es lícito siempre que se haga en el ámbito de unas elecciones, cuando toquen, y siguiendo las reglas de la democracia. Hacerlo mediante visitas continuas a los tribunales, no. Y tratar de desviar la atención del penoso Gobierno central que padecemos, haciéndole creer al personal que el PP es la cueva de Luis Candelas, y que CC es lo más parecido a una escuela de felones, cae dentro de la infamia; al menos de la infamia moral. Pero predicar moralidad en estos días, cuando uno tiene que medir lo que dice hasta en una conversación privada para que no usen sus palabras contra él convenientemente tergiversadas, es aún más inútil que sermonear en el desierto.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD