CRISTINA ÁLVAREZ, Tenerife
La Unidad Móvil de Acercamiento (UMA) lleva cinco años trabajando para que las personas que viven en las calles de Santa Cruz puedan estar sanitariamente atendidas y darles a conocer que la Concejalía de Bienestar Social del Ayuntamiento de Santa Cruz pone a su disposición la ayuda que necesiten, desde acompañarlos a un centro de salud hasta renovar el Carné de Identidad, hacer un currículum, ducharse, cambiarse de ropa o dormir en el albergue municipal.
EL DÍA acompañó durante una noche a los tres jóvenes que se encargan de dar apoyo moral, informar y sanar a personas que, de la noche a la mañana, han cambiado un techo por el cielo y el calor de un hogar por su propia soledad.
Javier Rodríguez González es el trabajador y el coordinador y dice que en los tres primeros años de 2009 se ha triplicado el número de atenciones de años anteriores debido a un notable aumento de la demanda.
Los que duermen en la calle porque así lo desean conocen la existencia de la UMA y saben dónde encontrarlos. "El fin último es insertarlos en la sociedad e intentar que formen parte del mercado laboral", dice, pero no cabe duda de que hay que tener un "material" especial para que no te afecte ni lo que te cuentan ni lo que se ve por la noche.
Marco, un pintor italiano
Marco es italiano, natural de Milán, tiene 63 años, lleva seis meses durmiendo en un banco de Reyes Católicos y junto a él hay una barra de pan, una lata de atún y una muleta que le sirve para poder caminar un poco. "Conozco a los chicos de la UMA y suelen venir porque ya casi no puedo caminar. Me llevan a ducharme. Me gusta más vivir en la calle que en el albergue porque me parece como una cárcel. Me gusta mucho la libertad".
Los servicios municipales no pueden obligar a ninguna persona a acudir al albergue municipal, pero se les hace un seguimiento para mantenerlos en buen estado y se cuida mucho de que, si están enfermos, tomen su medicación y acudan a revisiones médicas. Asimismo, Javier Rodríguez, trabajador social y coordinador de la UMA, se acerca y habla con aquellos que prefieren un banco para dormir -porque no tienen horarios- para convencerlos de que aceptar un techo no implica más que un lugar confortable donde pasar una noche, asearse y cambiarse de ropa, al tiempo que tomar una comida caliente. Marco hace apenas unos meses que vive en la calle, pero recuerda que antes pintaba retratos en el Puerto de la Cruz y, con la llegada de la crisis, se quedó sin trabajo, sin casa y ahora tiene por techo los árboles y por piso el asfalto de la ciudad. Sus paredes son los edificios con pisos de gran valor en cuyo interior viven familias que esa misma noche están cenando caliente y viendo la televisión o manteniendo una agradable conversación, que nunca versa sobre dónde dormirán mañana o si tendrán algo para comer.
Marco echa de menos pintar y cuenta: "Cuando llegó la crisis y los turistas ya no llegaban al Puerto de la Cruz mi vida cambió. Me gusta más vivir en la calle que en el albergue. Me gusta más la libertad y más ahora porque es verano. En invierno es lluvia y lluvia y lluvia. Este invierno será muy duro para mí. Recuerdo cuando hacía retratos".
Marco a veces no llega a coordinar las palabras y se nota un gran cansancio en su voz. Junto a él están los tres integrantes de la UMA que no pierden de vista a estas personas con el único fin de que estén lo mejor posible respetando su decisión de dormir al raso. Un súbdito alemán se encuentra sentado en un banco, pero a su lado se puede ver una silla de ruedas porque apenas puede caminar de las heridas que tiene en los pies y en la parte baja del vientre, que se encuentra infectada, pero Karima El-Mahi no duda en ponerse los guantes, desprenderle el pantalón y decirle que le va a hacer una cura, pero que al día siguiente van a ir a buscarlo con la unidad para trasladarlo al centro de salud porque "tiene mal aspecto". El que en el pasado llegó a ser coronel del ejército alemán dice que "soy más fuerte que el hierro. Segurísimo", pero acepta que lo trasladen a un centro para que le curen la herida.
"Yo sé lo que es frío de 40 bajo cero y esto no me da miedo. Yo no le tengo miedo a nada en el mundo. Vivo en la calle porque quiero. He vendido metales en todo el mundo. Soy como soy. Diferente a otros".
Después del recorrido por una parte de la ciudad seguimos a la UMA hasta la estación de guaguas. Por el camino, Javier Rodríguez, el trabajador social, nos va hablando acerca de que hay un hombre a quien están atendiendo desde hace una semana que suele estar en la Estación de Guaguas y para poder acceder a él se debe solicitar permiso para entrar con la UMA. Tras el permiso se puede ver a Jaime al fondo, sentado en un banco con una bolsa en la mano. Llama poderosamente la atención su cultura. No puede moverse y después de que los integrantes de la UMA se acerquen a él se entabla una conversación con él. Está limpio y es amable, parlanchín y constantemente da las gracias.
Jaime, la cara amable
Jaime es valenciano y es conocido como "el abogado", tiene 65 años y ha disfrutado de una buena vida hasta hace apenas unos meses. Trabajaba, entre otras cosas, como asesor judicial de la Propiedad Inmobiliaria, es experto en Marketing y ha trabajado como ingeniero en Telefónica en el año 1971.
"He dormido muchas noches en hoteles de lujo y ahora me veo en la calle. Esta noche la pasaré en el albergue y gracias a la labor que hacen estos chicos, que es muy humana. Yo he viajado por todo el mundo y no he conocido un servicio como éste. Lo que más me gusta es mi libertad". Jaime confiesa que "me han dado de comer los de la UMA y el albergue. Me patearon en la calle y me hicieron daño. La sociedad es muy cruel con la gente que vive en la calle. Ni nos miran ni nos ayudan ni nos dan un vaso de agua. Es indignante y vergonzoso".
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