Marisa Hernández murió a los 36 años de edad, pero nunca dejó de ser una niña feliz. Encerrada en un cuerpo de mujer menuda, Marisa siempre fue una chiquilla de poco más de cinco años. Ingenua, entusiasta y caprichosa como cualquier niña, María Isabel Hernández Velázquez gozó del cariño y los mimos de su familia y amigos. Pocos saben que Marisa nació sin ninguna discapacidad psíquica, pero una caída a los cinco años la dejó en coma y paró su desarrollo mental, anclado para la eternidad en ese momento en que los niños comenzaban a ir al colegio. En los álbumes de fotos, Marisa sonríe rodeada de gente: en una fiesta, en un cumpleaños, en unas vacaciones, en un ilusionante encuentro con Papa Noel... La muerte la sorprendió un día cualquiera, en medio de su particular rutina. Con tres euros de su paga en el bolsillo, después de tomarse el cortado y de poner un boleto en la administración de loterías, Marisa se tropezó con un mal que jamás cupo en su cabeza ni en su corazón. Alguien se aprovechó de la inocencia de una niña muy querida en un pueblo que la cuidaba. Y allí se esconde, según su familia, ese alguien que quebró para siempre la confianza en unas calles tranquilas y robó la vida a un ser sin maldad cuyas máximas ilusiones eran cosas sencillas como invitar a una merienda a sus hermanas, dar un paseo en guagua, ir de compras al centro comercial Alcampo La Villa o tomarse una coca cola y un bocadillo de pollo en un bar cualquiera. Alguien asesinó a Marisa hace ya seis años. Le robó la vida, pero jamás podrá borrar su sonrisa cándida de la memoria de quienes la conocieron y amaron. No quería envejecer y se salió con la suya. Marisa fue y será siempre una niña feliz. Su ejecutor sólo será, eternamente, un cobarde asesino.
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