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J. A. D., S/C de Tenerife
El krausismo, referido no a la doctrina impartida por la Institución Libre de Enseñanza, sino a Alfredo Kraus, se ha convertido en una religión para muchos melómanos, que catalogan al tenor canario como "el más grande" en su registro. Ni el márketing discográfico ni la moda pasajera y pueril de "Los tres tenores" logró echar abajo una leyenda que, con el paso de los años se ha agigantado hasta el punto de que hoy, cuando se cumple una década del adiós del cantante, resurge con fuerza inusitada.
Este año, los krausistas fruncieron el ceño cuando los anglosajones publicaron "su" lista de los mejores cantantes. Kraus no figuraba en el podio. La respuesta de los críticos españoles e italianos no se hizo esperar y este verano el nombre Kraus se vio restituido en el lugar de honor que le corresponde, entre los tres mejores del siglo XX junto a Beniamino Gigli y Enrico Caruso.
Encuestas al margen, el culto a Kraus se ha visto recompensado con la reciente edición de una antología con sus mejores registros. Ha sido el prestigioso sello EMI el que ha decidido engrosar su amplio catálogo con una "summa" titulada "Alfredo Kraus, una voz universal": un doble disco y libro en el que el tenor sostiene memorables duelos dramáticos con Montserrat Caballé, Maria Callas, Renata Scotto, Edita Gruberova, Beverly Sills y, ya en el ámbito de la zarzuela, con Leda Barclay y Pilar Lorengar.
Ahora llega el turno de las instituciones y de los festivales de música, cuya obligación moral es recordar a alguien que dignificó su profesión mediante una autoexigencia y un rigor artístico que le granjearon algunas antipatías. Así, declaraciones de Kraus que en su día parecían altaneras y dirigidas a la línea de flotación del negocio musical, hoy aparecen cargadas de razón: "No hay que rebajar el arte musical al público -decía-, es el público el que debe elevarse hacia el arte musical".
Se refería, claro está, a la masa. El público, como tal, le merecía el mayor respeto y éste le correspondió con bravos y ovaciones que se remontan a la mítica "Traviata" de Lisboa, la que representó en sus inicios junto a Maria Callas.
Justo un año antes de morir, Kraus concedió una entrevista a EL DÍA con motivo de la grabación de "Marina", ópera que desde 1968 había integrado en un centenar de ocasiones. Con una lucidez no exenta de tristeza (sin duda motivada por la muerte de su esposa, Rosa Blanca Ley Bird, a la que sobrevivió apenas dos años), Kraus hablaba ya de cómo paliar la crisis que comenzaba a afectar a la "música culta" y demandaba que el Estado proporcionase las estructuras para el desarrollo de este arte, dejando su gestión en manos de los artistas.
En abril de 2000, ya fallecido Kraus, era su hija Patricia la que, a una pregunta de EL DÍA, respondía de su legado: "El mayor bien que he heredado de mi padre es la independencia artística".
Kraus -que ostenta el récord de aplausos otorgados a un cantante español (cuarenta y siete minutos cronometrados)- cosechó su último gran aplauso a título póstumo. Fue en el teatro Real de Madrid, el 11 de septiembre de 2009. El mito krausiano iniciaba así una nueva y esplendorosa época que aún no se ha cerrado ya que, como proclaman sus seguidores, "Kraus vive".
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