NOS PARECE muy acertado que el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, una persona decente, haya propuesto que los alumnos traten a sus profesores de usted. Tanto en la educación básica, como en el bachillerato, como en la universidad. Porque se ha perdido el respeto y porque los profesores no tienen que ser amigos de los alumnos, lo mismo que los padres no tienen por qué ser amigos de sus hijos.
Los sucesos ocurridos en Pozuelo de Alarcón, protagonizados por "niños bien" de una de las mejores zonas residenciales de la Comunidad de Madrid, han hecho saltar las alarmas. Los padres deben responsabilizarse de los destrozos que provocan sus hijos y la ley debe ser inflexible con ellos.
También nos paren acertadas medidas judiciales para impedir que estos gamberros vuelvan a la calle a seguir cometiendo tropelías, rompiendo lo público y lo privado, agrediendo a agentes de policía e intentando asaltar comisarías. La droga y el alcohol los vuelve locos y esta locura ha de ser evitada a toda costa.
La juventud de España y de Canarias atraviesa por una crisis de valores. Son los padres, lo ha dicho también Múgica, los mayores responsables de esta situación. Tolerando todo a los niños y a los jóvenes se logra una juventud violenta, caprichosa, que concentra uno de los mayores fracasos escolares de Europa y que intelectualmente deja mucho que desear. Hacemos las excepciones de rigor, pero no dejan de ser excepciones.
No se libra Canarias de esta corriente. En los lugares donde se concentra el ocio juvenil se ven escenas lamentables de menores de edad tirados en las aceras, en medio de un montón de basura, fumando porros; o entre un menudeo peligroso de pastillas estupefacientes que tanto daño hacen al organismo. Lejos de ser nosotros pacatos, reivindicamos firmeza en la actuación policial, por ejemplo, en la zona del Cuadrilátero lagunero, donde puede verse este espectáculo, de jueves a sábado, de madrugada. Y si no lo creen, pasen por allí. Un gran porcentaje de los habituales de la zona es menor de edad.
Es preciso recuperar el respeto de los alumnos hacia sus docentes y de los hijos hacia sus padres. En los colegios, fundamentalmente en los públicos, ese respeto se ha perdido por completo. Hay profesores que tienen miedo físico a los gamberros infiltrados en sus aulas, que casi siempre terminan marchándose del centro con el fracaso escolar bajo el brazo. El trato de usted propuesto por Múgica nos parece un primer paso, pero detrás de ese tratamiento debe organizarse toda una campaña para reforzar la autoridad de profesores y de padres, antes de que sea demasiado tarde.
La juventud es muy valiosa para que se eche a perder. Y los mejores años de la vida de niños y jóvenes deben servir para formarlos, no para estropearlos para siempre.
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