El Cristo de La Laguna representa uno de los símbolos más significados de nuestra Isla. A lo largo de los siglos, su imagen ha atraído los afanes y despertado los sentimientos de los tinerfeños, al margen del compromiso adquirido por cada cual con la fe. De esa manera, el Santuario del antiguo convento de San Miguel de las Victorias ha sido tradicionalmente el lugar hacia el que dirigirse cuando las circunstancias adversas requerían la búsqueda de ánimo y cuando se hacía preciso hallar consuelo para reconfortar el alma.
Ese profundo sentir que embarga a cualquiera se pone de manifiesto de forma colectiva cuando regresa el mes de septiembre y los laguneros, los tinerfeños todos, nos disponemos a celebrar las fiestas dedicadas al Cristo. En esta ocasión, el Ayuntamiento de La Laguna me ha concedido el inmenso honor de pronunciar el pregón que sirve de pórtico al programa festero, un hecho que ha tenido lugar esta misma semana en el transcurso de un acto solemne celebrado en las Casas Consistoriales.
Para un hijo de esta tierra, un encargo semejante supone una enorme satisfacción y, al propio tiempo, una responsabilidad de envergadura, porque La Laguna y su Cristo poseen una especial importancia e imponen sumo respeto. Como tuve la oportunidad de recordar durante mi intervención, la Isla debe mucho a esta ciudad genuina y pionera que engendró el primer asentamiento de su gobierno y la población que durante siglos fue capaz de concentrar todas las referencias sociales, económicas y políticas. También, las educativas y las eclesiales, dos ámbitos en los que esta Aguere única continúa ejerciendo la capitalidad insular.
Por su parte, la figura del Cristo sirve de referencia al tinerfeño y es uno de esos emblemas hacia los que vuelve la mirada para confirmar la identidad que lo define como miembro de una colectividad que le resulta muy propia. Es esa imagen triste y trágica en el momento de la expiración, pero grandiosa y sublime en su trascendencia divina, que es además extraordinaria tanto en la vertiente piadosa como en la artística. De hecho, es una de las muestras fundamentales del excepcional patrimonio con que cuenta La Laguna, celosa vigilante y protectora de los valores propios de la monumentalidad en nuestra tierra.
Esa riqueza común, por fortuna, se ha logrado mantener gracias al esfuerzo desplegado por instituciones y entidades que han puesto su empeño en conservar y dar nueva vida a unas edificaciones que sirven para definir nuestra historia. Y para ello en muchas ocasiones ha sido preciso un trabajo muy significativo, como ha ocurrido recientemente con la reconstrucción del Palacio Episcopal tras el incendio que casi lo destruyó por completo. O con la Catedral, ahora por fin objeto del inicio de las obras de rehabilitación después de muchos años de espera.
Toda esa monumentalidad es la que aprecia el Cristo de La Laguna cuando recorre las calles de la ciudad en procesión, tanto en Semana Santa como en estos festejos con los que se le honra cuando el verano toca a su fin. Es una cita con el recogimiento y también con la alegría, que tales son las dos vertientes que coinciden en la fiesta: la devoción profesada a la Imagen y el regocijo motivado por las celebraciones populares, esas en las que la tradición se hace patente y nos une a un pasado que es el fundamento de nuestra identidad.
Los conciertos, las parrandas, los ventorrillos, los puestos de turrón, las exposiciones y arrastre de ganado, las luchadas, los fuegos? Son todos trazos que nos sirven para identificar una celebración auténtica que compartimos con ilusión y que esperamos cada año con verdadero fervor. En esta ocasión también podremos acudir a los actos populares y religiosos con el fin de hallar la diversión y, también, de tributar nuestro homenaje sincero al Cristo de La Laguna.
* Presidente del Cabildo de Tenerife
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