La reversiÓn a la familia Rodríguez-López de los terrenos cedidos al Ejército durante la guerra nuestra, en los que se instaló el Campamento Militar de Hoya Fría, donde, entre otros servicios, estuvo en los primeros años de su veinteañera existencia el de la Milicia Universitaria al que asistí dos veranos y donde al cabo de los años también mi hijo hizo la estancia previa al Servicio Militar como soldadito de España, reversión motivada por un indebido destino de los mismos, ha permitido que el maestro de periodistas Francisco Ayala abra una vez más, y con el acierto de siempre, el tarro de las esencias históricas de esta tierra nuestra y nos cuente cosas de esta notable familia tinerfeña. Su comentario se centró en don Álvaro, el naviero, con aquella flotilla de buques que atracaban en su muelle propio junto al antiguo Club Náutico y en cuya ribera entrenaba el equipo de natación del Toscal, al mando de "El Canarito", el mayor de ellos, equipo toscalero que competía con los que entrenaba Raimundo Afonso en el Balneario y Acidalio Lorenzo, el del Náutico, que también entrenaba en el Balneario, única piscina de la isla y, además, de dimensiones no reglamentarias; equipo del Náutico del que formábamos parte, entre otros, Guillermito Cabrera en crawl; Pablo Matos, en espalda, y yo, en braza de pecho -que la de mariposa aún no se había inventado-; entrenamientos que hacíamos en jornadas muy mañaneras que me recordaba Pablo hace unos días. Claro que había días y momentos en que el equipo del Toscal lo tenía difícil para entrenar con cierta soltura, porque los barquitos de don Álvaro, que eran pequeños y de cabotaje entre islas, con su AR en la chimenea, estaban atracados en operaciones de carga y descarga, de estiba y desestiba.
En el negocio naviero también participaba su hermano Conrado y la información del amigo Ayala fue completada por don Antonio Salgado Pérez en una preciosa y detallada "Carta al Director", llena de la emoción del recuerdo y de detalles del quehacer de don Conrado, que sucedió en el negocio naviero a su hermano mayor fallecido durante la guerra y que reposa precisamente en la isla de La Gomera, con la que mantuvo siempre relaciones comerciales y de negocio muy importantes, hasta el extremo de acondicionar en aquella abrupta isla un campo de aviación para una avioneta propiedad de la naviera que facilitaba los desplazamientos entre ambas islas, en la que los dos hermanos desarrollaron una floreciente agricultura; avioneta que estaba al mando del piloto Alfredo Cabello, que un mal día cayó al mar entre ambas islas y allá estuvieron durante horas y horas en el agua, en medio de una creciente angustia, tanto el piloto como el abogado Manuel Bretón y Conrado de los Ríos, sobrino de los Rodríguez López, y que fueron rescatados poco antes de que cerrase la noche, lo que hubiese hecho más problemático el salvamento.
No tuve ocasión de conocer a los hermanos don Álvaro y don Conrado, como tampoco a don Imeldo, práctico del puerto, aunque sí a otros tres hermanos: don Juan, médico; don Heliodoro, industrial y hombre de negocios, y don Corviniano, oculista; más por sus hijos que por ellos mismos, así como a la familia del doctor don Ángel Capote, casado con una hermana de aquella tan numerosa familia. A don Juan me parece verlo todavía, alto y delgado, serio y de espíritu militar -carrera que también tenía-, con bata blanca en su clínica de la plaza de los Patos, pintada de color amarillo, con costados a Viera y Clavijo y a Costa y Grijalba, vigilante de la salud de los chicharreros en una plaza de lo más bonito de Santa Cruz, que debió tener una estatua creo que de O'Donnell, cuya primera piedra puso nada menos que el rey don Alfonso XIII y que nunca se llegó a materializar, cosa muy nuestra, por desgracia. Don Juan tuvo, que yo sepa y haya conocido, tres hijos: Anita, Juan y Conrado, que vivían en Jesús y María. Con quien tuve mayor amistad fue con Juan, con una enorme habilidad para el dibujo, capaz, en unos segundos, de reproducir con absoluta fidelidad los personajes de los colorines de entonces -que ahora la gente llama tebeos, como los peninsulares, porque uno de ellos se llamaba TBO-. Juan tenía un espíritu aventurero nada propio de los Rodríguez López, anclados en la tierra canaria, y hasta en una época se nos marchó a la ONU, donde ejerció de traductor simultáneo, actividad realmente difícil si se practica con exactitud, que es lo que hacía Juan. Su hermano Conrado se hizo cargo con toda eficacia de la clínica de su padre hasta que nos dejó prematuramente.
Pero mi verdadera amistad fue con los Capote, principalmente con Ángel y Raúl, con los que coincidimos de estudiantes en Madrid al lado de Antonio Perera (todos ellos estudiantes de Medicina), si bien la amistad fue, sobre todo, con la familia de don Heliodoro, que vivía en nuestra misma calle de Lucas Fernández Navarro, arriba a la izquierda, casi en la esquina con una calle que llevaba el nombre de José Nakens -periodista anarquista sevillano que amparó al regicida Morral, motivo por el que fue detenido-, que luego cambió al de Santiago Cuadrado, soldado voluntario que falleció el 18 de julio de 1936 en una refriega en la plaza de la Constitución en custodia del gobierno civil y que luego ha vuelto a cambiar el señor alcalde. A don Heliodoro le veía con cierta frecuencia, bajando en su coche calle abajo hasta la Rambla, en un coche espectacular para nosotros los muchachos de entonces, de dos plazas y deportivo, con un trasportín detrás y creo recordar que con capota de aquellas que se podían plegar si no llovía. Lo notable del coche era que delante, en el tapón del radiador, tenía un gallo dorado, y lo que no sé es si lo puso porque así llamaban "los gallos" a los de la familia, o si a la familia la llamábamos de ese modo por lo del radiador, aunque imagino que sería por lo primero. Tenía don Heliodoro una muy numerosa familia, y en medio de una serie de hijas muy guapas también dos varones, Lolo y Juani, el segundo gran amigo mío y luego pariente, uno o dos años menor que yo, alto, buena facha y persona muy divertida. El mayor, Lolo, estudiaba ingeniero agrónomo cuando le cogió la guerra y, realmente, lo conocí ya en Madrid, cuando me incorporé yo también a estudiar. Ambos heredaron la afición al fútbol que llevó a su padre a presidir el Club Deportivo Tenerife y cuyo nombre lleva el estadio, hoy del Cabildo, y así, Lolo jugaba muy bien de extremo e incluso llegué a verlo después de la guerra jugando de punta izquierda con el Tenerife en partidos veraniegos. Lolo terminó su carrera, que ejerció brillantemente en Tenerife, donde tuvo una muy destacada actividad política, siendo entre otras cosas alcalde de Santa Cruz, cargo que desempeñó también otro familiar, el doctor Javier de Loñó, casado con su prima Pilar, hija del doctor Capote, otra institución tinerfeña.
Mi amistad con Juani fue grande y prolongada durante toda su vida, y ya durante la guerra jugamos juntos al fútbol en una selección juvenil de Santa Cruz contra otra de La Laguna en un partido de resultado ahora incierto, celebrado en La Laguna durante las fiestas del Cristo, equipo del que Juan era capitán y delantero centro, mandón como lo fue siempre. Ese día, después del partido, hubo una especie de desfile de las fiestas en el que formamos los dos equipos que habíamos jugado en el campo del Hespérides, entonces detrás de la plaza del Cristo. Luego, nos vimos mucho en Madrid, donde él hacía mejores migas con José Antonio y Leoncio Oramas, que preparaban todos ellos carrera de ingenieros, de las que sólo se materializó la de José Antonio; e incluso tuvo Juani casa en Madrid, adonde se trasladó su madre a una grande alquilada en la calle Miguel Ángel, que, por esas casualidades del mundo, era de la familia de un compañero zaragozano de mi pensión madrileña. Resultó luego que Juani se hizo novio de una prima de la que luego fue mi mujer, con la que se casó, y recuerdo que, siendo aún solteros, a veces Juani aparecía con el coche "del gallo" de su padre a invitar a su novia a dar un paseo y a merendar donde cayese, y allá se iban los novios, pero con mi novia entonces y otra amiga en el trasportín, como "carabinas" ejercientes. Si iban por La Laguna y Tacoronte, al pasar por Los Rodeos, donde aún no había campo oficial de aviación, en la llamada "recta de Los Rodeos", el coche alcanzaba los ¡100 kilómetros por hora!, una de las locuras propias de Juani.
Son estas familias, grandes y respetadas, emprendedoras y muy activas, las que han hecho en parte este Santa Cruz nuestro y nuestra provincia. Clamaba Francisco Ayala por un cierto reconocimiento de nuestra ciudad a esta familia y a tantas otras que han hecho lo que somos hoy, y ya podía nuestro alcalde, en lugar de dedicarse a cambiar con nocturnidad el nombre de las calles y deshacer pactos edilicios, a pensar en la forma de reconocimiento que el pueblo que rige debe a tantas familias, entre ellas la suya propia, para que las generaciones futuras tengan constancia de quiénes han contribuido, al correr de los años, a su prosperidad actual.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD