NOS HA TOCADO vivir y estámos viviendo, una época, un periodo de tiempo donde el materialismo lo inunda todo, la sensualidad da el brazo a ese materialismo y es fácil observar en los medios de comunicación cómo, por un puñado más o menos grande de euros, se revelan intimidades escandalosas que deberían morir con nosotros.
En tal sociedad de esa suerte articulada, hace unos días tuve la dicha de asistir a un acto de entraña espiritual, como fue la ratificación de un matrimonio después de veinticinco años de celebrado.
Mis distinguidos amigos Antonio Domingo y su esposa Violeta volvieron a casarse por la Iglesia, y celebraron con sus amigos la ratificación de su felicidad poniendo de manifiesto que en una sociedad descreída es posible la felicidad, arrumbando y tirando al vertedero a esa sensualidad y ese materialismo que nos asfixia.
Pienso que hay matrimonios sin plazo de caducidad. Son los matrimonios en los que nos enamoramos muchas veces, y siempre de una misma persona, como les ocurre a Antonio y a Violeta, porque hay mujeres casi divinas que es preciso adorar, y hombres completos, nada menos que "todo un hombre", que dijera Unamuno, como Antonio, dispuesto a adorar a esas mujeres. Otro día nos enamoramos de sus ojos, por "saber expresar lo que siente el corazón", o de su piel, que, al tocarla, se altera nuestra humana geografía, nuestra anatomía. O de su voz, parecida al cantar alegre de una fuente.
Y todo esto ocurre en mis amigos, que, fruto de su amor, tienen dos hijos, hembra y varón, reflejo de ese amor, de esas vivencias, que, parodiando al poeta, "buscaran entre los hombres y mujeres de sus tierras uno que como mi padre, o como mi madre, fuera".
Cuando con mi esposa iba para mi casa, pensé que, como dijera el párroco de San Francisco, D. Jacinto Barrios, con su verbo fácil, es posible, siempre, la felicidad, incluso de este torpe mundo materialista que nos ha tocado vivir.
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