"LA VIDA es un timo, y en España mucho más. Aconsejo a todo joven con inquietudes que abandone este país". La reflexión no es mía. La he copiado de la lista de opiniones enviadas a la edición digital de un periódico. Su autor es un cuarentón, quizá no absolutamente decepcionado de la vida pero sí del tiempo que ha perdido esperando una vida difícilmente mejor. ¿Hay algún país del mundo en que la existencia no sea un timo? Lo dudo. Y no es cuestión de ponernos trágicos. He vivido más allá de nuestras fronteras, y a la vez convivido con culturas distintas, para saber que en todas partes cuecen habas. Por ejemplo, estos días está muy de moda la cultura árabe a cuenta del Ramadán. Cuando uno va a un país musulmán como turista piensa que todos sus habitantes son devotos creyentes; cuando lo hace, en cambio, con el atuendo de los viajeros decimonónicos, advierte al poco tiempo que los ateos, o cuando menos los agnósticos, abundan tanto como en cualquier nación de lo que llamamos el mundo occidental. Ocurre, empero, que nadie rompe el ayuno durante este mes antes de la puesta del Sol porque sufriría un enorme rechazo social. La misma razón, verbigracia, por la que ninguno de nosotros se pondría a fumar dentro de una iglesia, con independencia de que el Cristianismo nos importe un bledo o sea la doctrina iluminadora de todos nuestros actos.
No obstante, a nadie se le escapa que España -la realidad social española, si se prefiere- le causa cierto hastío a quienes forman este país. ¿Por qué? Pues, por muchas cosas. Con esto ocurre como con la libertad. A menudo se nos llena la boca -se nos llenaba sobre todo durante la dictadura franquista- clamando por una Libertad escrita con mayúscula, pero nos olvidábamos de mil pequeñas libertades con minúsculas: libertad para pasear a las tres de la madrugada por las calles de cualquier ciudad sin que nos ocurra nada, libertad para que nuestros hijos salgan con sus amigos sin que vuelvan drogadictos -o nos avisaran desde un hospital porque un energúmeno los ha apuñalado a la puerta de una discoteca-, libertad, en definitiva, para vivir sin más sobresaltos que los estrictamente imprescindibles.
Supongo que con el hastío español sucede algo parecido. Hace un par de años me preguntó un amigo dónde podía estudiar su hijo para ser director de cine. Does the boy speak English? Yes, he does. Pues que haga la maleta y vuele a California. En Estados Unidos el cine es una industria donde todos, desde los actores multimillonariamente pagados hasta un simple ayudante de plató, se levantan de madrugada y trabajan doce horas al día. Alguien lo ha podido comprobar en Tenerife recientemente mientras la Warner Bros filmaba "Furia de titanes". Al otro lado del Atlántico las películas tienen que triunfar en taquilla para que el negocio funcione. Aquí lo esencial es tener un amigo en una consejería autonómica que nos subvencione el primer bodrio que se nos ocurra. Millones de euros para que un señor se toque pajas mentales y debute como director.
Y así con todo. En España se sigue accediendo a muchos puestos en virtud de los padrinos del candidato, no en función de su valía. Algo, como las películas cutres, que le funciona bien al agraciado, pero que termina por crear una sensación de desánimo -de timo- en la mayoría de la sociedad.
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