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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H., *

Mi sustituto

2/sep/09 07:42
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YA ESTÁN PASANDO los veinticinco años en que, en este espacio periodístico, durante las vacaciones veraniegas, siempre he encontrado quien me sustituya. Al de este año lo conocí en l947 en Las Palmas. Yo tenía 26 años, ya religioso de S. Juan de Dios, pidiendo limosna para el centro infantil de la polio que la Orden Hospitalaria tenía en Granada. Dos años después se fundaría otro para todo el archipiélago canario, aquí en Tenerife: clínica (hoy hospital) de San Juan de Dios.

Como norma constitucional de la Orden Hospitalaria, los hermanos limosneros, antes de comenzar el trabajo en la provincia donde todavía no existía un centro de esta institución, teníamos que visitar al Sr. obispo de la respectiva Diócesis. Entonces, en Las Palmas estaba D. Antonio Pildain y en Tenerife, D. Domingo Cáceres.

La acogida que recibí de estos dos prelados nunca la he olvidado. Comenzando por sus limosnas personales, con la condición de que a nadie manifestara la cantidad. Ni aunque se hubieran puesto de acuerdo. Y este secreto sigue siéndolo, por más curiosidad recibida de amigos periodistas por descubrirlo. Lo que sí les he afirmado siempre es que las limosnas de estos dos prelados fueron las mayores cantidades recibidas durante el día de nuestro respectivo encuentro en Las Palmas y en La Laguna.

No fueron de menor valor para mí las palabras de aliento fraternal de los dos prelados, para que estimara siempre la vocación de Hermanos de S. Juan de Dios. Asistiendo a los enfermos y necesitados con la limosna que pedíamos, invitábamos a vivir el espíritu de unidad social y espiritual entre las personas que daban y las personas que recibían. También, uno y otro, y a su estilo apostólico, me animaron a perseverar en la vocación a la que Dios me había llamado. ¡Nunca olvidé estos encuentros!

Pasaron los años y me encontré, la primera vez (1965), con D. Antonio Pildain (D. Domingo ya había muerto), en mi condición de superior provincial de la Orden (l965-71 y 1974-80). Durante estos periodos nos vimos en varias ocasiones, porque siempre encontré en él al verdadero pastor, por su sabiduría y por el testimonio de su ministerio. Una personalidad "rica y varia, humana y culta, ascética y sobrenatural, vigilante y trascendente, correcta y comprensible, fiel a la verdad y descubriendo y aclarando el error. Una vida sencilla y pobre, con toda proximidad a sus fieles mediante las palabras y los hechos".

La verdad frente a la mentira. La sinceridad frente a la adulación en lo político, en lo social y en lo religioso, fue una batalla interminable, pero no por eso menos apostólica en este prelado. Fue un hombre de profunda fe. Creyó y amó a Dios. De ahí todo su afán por salvar las almas de las personas que se le habían encomendado, sea cual fuera la situación en que se encuentren. Para él, leemos en uno de sus escritos, "al sacerdote se le podrá dispensar que sea un sabio, o un hombre dotado de talento superior, o de otras cualidades que, de tenerlas, le realizaría. Mas, si no trabaja ni se afana en el apostolado, si no siente y secunda el anhelo de procurar la salvación de las almas, ¿qué significaría en la sociedad? Habrá defraudado lo que de él esperaban la Iglesia y la patria. De hecho no será sacerdote, será el fracasado máximo entre todos los fracasados de la sociedad. Para ser eso, hubiera sido preferible mil veces que no se hubiese ordenado".

Ya entonces yo había leído sus discursos en las Cortes Constituyentes, recopilados en la publicación con este título: "En defensa de la Iglesia y de la libertad de enseñanza", por Ediciones FAX (Madrid. 1935). Es digno de mencionar también la biografía "Pildain, un obispo para una época", escrita por D. Agustín Chil Estévez, sacerdote de la misma Diócesis y publicada con el apoyo económico de la Caja Insular de Ahorros de Canarias (1987). La más completa hasta ahora.

De estas dos obras y de alguna otra información será el contenido de la participación, en este espacio periodístico, de mi sustituto durante las próximas semanas de descanso que pasaré en mi pueblo.

No hace mucho leí esta afirmación: que la mayoría de nuestros políticos saben poca historia o no quieren reconocerla. Y por eso su novedad en el ejercicio del poder político es repetirla de una forma machacona y terca. Esta es la realidad que nos ofrece mi sustituto de este año, D. Antonio Pildain, sobre la libertad de enseñanza y otras materias fundamentales para el desarrollo sano de una sociedad y un futuro mejor de la nación que hemos heredado. No tiene otra finalidad mi suplencia.

* Capellán de la clínica S. Juan de Dios

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