ANTES de finales de año será inaugurada la obra más espectacular acometida por la capital de Canarias en los últimos años. Y quizá en su historia. Se trata de la penetración de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife por el barranco de Santos, una obra monumental que muy pronto va a poder ser disfrutada por los ciudadanos.
El aprovechamiento del barranco para comunicar la ciudad casi desde el mar hacia su parte más alta era una tarea de titanes. Gracias a los modernos sistemas de ingeniería ha sido posible. Pero no sólo son novedosas las vías, espectaculares, rápidas, sino los accesos, a través de escaleras metálicas, y las zonas ajardinadas que ofrecen un sin fin de posibilidades estéticas, a través de conjuntos florales, fuentes y otros elementos decorativos que embellecerán la ciudad.
Los chicharreros no han podido disfrutar todavía de la visión de esta zona, porque permanece oculta a más de 200.000 santacruceros. Están cerradas al tráfico rodado y al de personas, para seguridad de los ciudadanos. Pero una vez que se quiten las vallas y que se retiren los carteles de "prohibido", los habitantes de esta ciudad se sentirán, sin duda, mucho más importantes. Porque el barranco de Santos siempre fue un elemento de división de la capital. Desde aquellas crónicas escritas por el inolvidable José Domingo hasta hoy han pasado más de cincuenta años. La ciudad se ha abierto al progreso y ha consolidado sus vías de comunicación a través de una quebrada que hasta el momento sólo había traído desgracias, marginación, incomunicación y falta de aprovechamiento.
Hoy, Santa Cruz se abre al futuro con una obra grande, poderosa, vistosa. Ha costado un gran esfuerzo su acometida y también su terminación. El alcalde ha sido muy prudente a la hora de darla a conocer a los ciudadanos. Ha querido que esté terminada antes de hablar, no de promesas, sino de realidades.
Cuando los ciudadanos transiten por el nuevo barranco de Santos lo harán con la boca abierta de admiración. A los lados verán una ciudad desconocida, cuya apariencia habrá de ser reformada, pues donde hay paredes ciegas y ventanas pequeñitas se tendrán que transformar en otras que miren a un barranco desconocido, cambiado y edificado y a un vergel inesperado.
Las ciudades cambian. La historia, los años, las hacen más hermosas, más metidas en el futuro. Esta obra es ya presente, pero está hecha con una indudable visión del mañana. De la moderna arquitectura, de la concepción más audaz de los espacios. Si aquí no somos capaces de valorar las obras de arquitectos tan importantes como Calatrava, Herzog y De Meuron, Perrault, si estamos aferrados siempre a lo local, a lo pequeñito, a endogamias absurdas que no nos aportan nada, aquí tenemos una obra fundamental, firmada además por arquitectos tinerfeños como Palerm y Tabares. Ya la verán.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD