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MIÉRCOLES, 2 DE SEPTIEMBRE DE 2009
EL GONGO JOSÉ R. HERNÁNDEZ ORAMAS*

El umbral de la felicidad

CONOZCO a un tipo que decía que su mayor satisfacción del día era llegar a casa después de una larga jornada de trabajo y quitarse los zapatos. Aunque sé de sobra que mis siguientes palabras recibirán más de una crítica, estoy plenamente convencido de que hoy en día la gente vive angustiada por tener el umbral de la felicidad demasiado alto. Que el elevado listón que algunos se marcan y luego se empeñan en superar día a día les convierte en unos desgraciados.

De hecho, yo soy uno de los pocos que están completamente en contra de ir trazándose metas inalcanzables para no tener que pasar la existencia anhelando imposibles.

Yo, que con el tiempo he aprendido a usar el optimismo como antídoto a la desazón, he descubierto que existen una multitud de pequeños placeres que, bien gestionados, son capaces de aliviar nuestro desconsolado espíritu y hacernos disfrutar de lo cotidiano como si se tratara de un lujo a la mano de unos cuantos afortunados.

Así, a veces me basta con apurar la última gota del café en medio de una charla con amigos para estar contento, que no feliz, porque la felicidad no es más que un estado transitorio que viene y va como las mareas, y quien aspira a conseguirla a perpetuidad no es más que un pobre iluso.

Me resulta suficiente para alegrarme el día insignificancias tales como que en un almuerzo familiar me cedan el codo del pan o, a escondidas, rebañar con la lengua la tapa del yogur. No encontrar cola en el banco; que, por insólito que parezca, una extraña conjunción astral provoque que la guagua llegue al mismo tiempo que tú a la parada (a veces pasa) o hallar una moneda de un euro en el bolsillo de un viejo pantalón amontonado en el fondo del armario.

Yo, que como ya dije antes no creo en la felicidad plena, colecciono sin embargo un amplio repertorio de momentos felices, como el de descubrir el arco iris después de una gran tormenta, el mágico instante en el que tus hijos aprenden a decir papá o a dar besos, o despertar y comprobar que lo de ayer no fue un sueño.

* Redactor de EL DÍA

 

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