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Un barrio forjado con historias personales

Pese al crecimiento que ha experimentado en las últimas décadas el barrio de Barranco Grande, para sus habitantes la expansión no se ha desarrollado de forma acorde con los equipamientos necesarios de una población cada vez mayor.
30/ago/09 7:34 AM
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EL ACCESO entre la iglesia y el colegio sigue siendo de tierra./ jesús adán
EL ACCESO entre la iglesia y el colegio sigue siendo de tierra./ jesús adán

TACHI IZQUIERDO, Tenerife

Como núcleo de población, la historia de Barranco Grande se remonta a algo más de un siglo, aunque su actual situación administrativa es más próxima en el tiempo, ya que a principios de la década de los 70 pasó a formar parte de los límites de Santa Cruz, después de haber pertenecido al municipio cercano de El Rosario.

Barranco Grande se desenvuelve hoy en día entre los pocos restos de su pasado y la expansión que ha experimentado en las últimas décadas, que le han conferido un carácter netamente urbano.

A las primeras familias que se establecieron en un territorio donde todavía la agricultura y la ganadería tenían un papel predominante, como fuente de ingresos y de subsistencia, se fueron sumando los primeros movimientos de expansión con gentes venidas de otras islas, principalmente de La Gomera y del resto de pueblos de Tenerife.

En este barrio gusta decir que "todos somos gente trabajadora, cada uno con su historia y vivencias personales, hasta el punto de que en las primeras casas eran las propias familias quienes las construían, imprimiendo su carácter y la fisonomía actual del lugar".

Quienes hoy en día viven en este barrio del Suroeste de la capital reflexionan sobre el hecho de que Barranco Grande "quizá ha crecido mucho, tal vez demasiado, porque sólo hay edificios y calles".

Tras la segregación de 1972, el mayor impulso de la zona vino de la mano del equipo de gobierno en el consistorio municipal presidido por Manuel Hermoso, con la colocación de las primeras aceras, alcantarillado, alumbrado y asfaltado de las calles de tierra.

Sin embargo, el paso del tiempo ha dejado un sello caracterizado "por el abandono", cuyo remedio, según los representantes vecinales, "no sólo puede recaer en el actual responsable del Distrito, pues por encima de él hay otros cargos y responsables que limitan las actuaciones y la ejecución de las necesidades que tenemos".

Los vecinos de Barranco Grande ponen de relieve que este es un barrio en el que "no tenemos plazas, equipamientos deportivos, ni ofertas para los jóvenes ni las personas mayores, que se ajusten a sus necesidades". Sin embargo, en cuanto a las canchas deportivas y zonas para los más pequeños, "que son bienes muy escasos por aquí, acudir a ellos obliga a realizar recorridos de más de un kilómetro", porque no todos los enclaves cuentan con estas dotaciones públicas.

Este barrio, que ha protagonizado una transición de lo agrario a lo urbano, ha acabado por convertirse "en una ciudad dormitorio, donde la gente sólo tiene el derecho a comprarse la casa, ya que los servicios no vienen aparejados con lo que pagamos de impuestos, que son iguales o más altos que los que se abonan en el centro, pero no tenemos los mismos derechos".

Desde el movimiento vecinal se considera que Santa Cruz "no podrá ser una gran ciudad mientras existan lugares como Barranco Grande, donde, hoy por hoy, es de cuarta división, cuando la reivindicación es que todos seamos de primera y con igualdad de trato, con un reparto equitativo de los recursos, pues son factores que no se cumplen tampoco en El Sobradillo, El Tablero o Llano del Moro, que están en las mismas condiciones: mucha población y pocos servicios". Con esta realidad, quienes viven en este lugar sólo ven como potencialidades "la disponibilidad de terrenos baratos para la construcción de miles de viviendas, convirtiéndonos en la zona de expansión de Santa Cruz, pero sin compensaciones a cambio de las empresas constructoras, que debieron crear los servicios".

Todo este crecimiento dificulta que la población encuentre un símbolo o una identidad propia, "que conjugue lo nuevo con lo antiguo, pues las tradiciones de las personas mayores se han ido perdiendo y los jóvenes no tienen nada, sin espacios para el encuentro y que puedan avanzar en su crecimiento como personas, provocando a cambio generaciones sin contactos con la realidad".

En cuanto al equipamiento de las calles, "el abandono se reparte entre el ayuntamiento y el Cabildo, con quien hemos tenido que pelear por la rehabilitación de los barrancos, muchos de ellos desaparecidos por las obras y cuyas canalizaciones son insuficientes".

Con la vista en el pasado

Erasmo Martín Rodríguez, quien lleva más de seis décadas de vivencias en Barranco Grande que le otorgan a este profesional de la peluquería una visión en la que reconoce su evolución, dice que "todo empezó por la venta del metro cuadrado a 10 pesetas, en unos terrenos donde sólo pastaban las cabras y otros ganados".

Sitúa la primera expansión en los años 70, "cuando se empezaron a hacer las calles de tierra y las primeras construcciones con gente de La Gomera y del Sur".

Martín describe aquella época como una vida "muy feliz", a diferencia de la actual, "pues nos conformábamos comiendo gofio y cebollas, mientras que en la actualidad la cosa está más fastidiada, pues hace falta un poquito de más control".

Recuerda que "aquí éramos todos familia y nos ayudábamos los unos a los otros, pero ahora esta expansión lo ha cambiado todo, aunque ha contribuido al crecimiento".

Por su parte, Amado Díaz, quien ha derivado en su retiro la profesión de carpintero hacia la artesanía, rememora su vida junto al barranco de El Muerto, donde "desde la casa de mi abuela se fueron construyendo las casas del resto de la familia". "Recuerdo cómo los dos molinos del barrio ayudaban a aplacar muchas miserias y necesidades, pues a quien no tenía siempre le llegaba algo de lo que se molía".

Olimpia Díaz Reyes tiene la virtud de una memoria fotográfica, y rememora aquellos campos de antaño, hoy sembrados de edificios, que "permitían a la gente vivir de trabajar en las huertas de tomates, hortalizas y grano".

Habla de la Finca del Conde, en aquellos tiempos de una extensión interminable presidida por un castillo hoy en día derruido. "En ella trabajaron mis hermanas, y desde aquí nos íbamos al monte a buscar leña para sacar algo de dinero. También recuerdo cuando acudíamos a la molienda a los molinos de don Salvador y de don Arturo Gómez, que bastante hambre combatieron". Ahora, con las ventajas de la expansión de la zona, Olimpia no duda de la tranquilidad del lugar, "pero estamos bastante atrasados en otras cuestiones como los equipamientos", carencias que deja para un futuro con más conciencia que el pasado.